Amar y Despertar


de John Welwood

 

Madurar gracias

al Amor

 

Encontramos a nosotros mismos significa liberamos de la personalidad condicionada y convertimos en los auténticos individuos que estamos llamados a ser (Individuo significa literalmente entero -tener acceso a la gama completa de nuestros poderes y potenciales- en vez de vivir divididos en nosotros mismos). Al escoger este camino, uno empieza a volver a la vida y a responder más profundamente al mundo que nos rodea. La gente advierte que hay una nueva calidez y vitalidad en uno. Finalmente llegamos a darnos cuenta de que el viaje en el que nos hemos embarcado es un viaje sin retorno.

 

Así es para la mayoría de nosotros. El amor llega al principio como un estado de gracia. Pero al llenarnos y hacer que nos expandamos, también nos empuja contra los obstáculos que bloquean esa expansión: los barrotes de nuestra jaula espiritual, todas las maneras en que hemos rechazado nuestra verdadera naturaleza y nos hemos marchitado por dentro. Si, por ejemplo, abrigamos una imagen antipática de nosotros mismos, cuando llegue la oportunidad de ser amados por lo que realmente somos, no sabremos cómo manejarla. Incluso aunque esto sea lo que más hayamos ansiado durante largo tiempo, nos espantará terriblemente ¡porque amenaza toda nuestra identidad! Para permitir que el amor nos invada por entero tenemos que renunciar a quien pensamos que somos.

 

El amor siempre presenta esta clase de desafío, porque requiere que expulsemos a las antiguas identidades que nos han servido de concha protectora. Para amar y ser amados el falso yo tiene que morir. Esta es la muerte de la que habla el poeta sufi Al Faridh cuando escribe:

La muerte a través del amor es vida;

doy gracias a mi amada porque ella me la ha ofrecido.

Quien quiera que no muera de su amor, es incapaz de vivir por él.

De la misma manera que los rayos de sol hacen que la semilla se mueva dentro de su cáscara, la energía radiante del amor penetra la fachada del falso yo y extrae recursos escondidos muy dentro nosotros. Su calidez despierta la vida en nuestro interior, haciendo que queramos desenroscarnos, nacer, crecer y alcanzar la luz. También nos invita a romper nuestra concha, la personalidad-cáscara que rodea la semilla potencial de todo lo que podríamos ser.

 

La finalidad de una cáscara de semilla es proteger la tierna vida interior hasta que el momento y las condiciones sean las propicias para que brote. La estructura de nuestra personalidad desempeña una función similar. Proporciona una apariencia de seguridad, como una clase de compensación por la pérdida de nuestro ser primordial. Pero cuando los rayos cálidos del sol empiezan a despertamos, nuestro ego-concha se convierte en una barrera que restringe nuestra expansión. Al ir creciendo en nuestro interior el germen de la vida, sentimos nuestro aprisionamiento con más intensidad.

 

El deseo imperioso de romper nuestra oscura concha también activa nuestros demonios, las voces de nuestro miedo, que nos impulsan a quedarnos cómodamente instalados tras los muros de nuestras defensas habituales. Al mostrarnos el camino de salida de nuestra prisión, el amor nos fuerza a presentar batalla a estos demonios, porque ellos son los guardianes de nuestra cárcel.

 

Puesto que es fácil empezar a dudar de nosotros mismos cuando nos encontramos frente a nuestra oscuridad y nuestros demonios, es importante comprender que lo que opera aquí es una lógica sana: cuanto más brillante es la radiación del amor, más oscuras son las sombras que encontramos; cuanto más sentimos que la vida se mueve en nuestro interior, también sentimos con más intensidad nuestros lugares muertos; cuanto más conscientes nos volvemos, más claramente percibimos que permanecemos inconscientes. Nada de todo esto debe descorazonamos ya que, al afrontar nuestra oscuridad, sacamos a la luz partes olvidadas de nuestro ser. Al reconocer con exactitud dónde hemos sido inconscientes, nos volvemos más conscientes.

 

Y al ver y sentir las maneras en que nos hemos ido muriendo, empezamos a revivir y despertar nuestro deseo de vivir más expansivamente. El verdadero amor siempre exige una gran audacia. A pesar de que nos agradaría pensar en el amor sólo en términos de la luz que proporciona a nuestra vida, si no estamos también dispuestos a afrontar la oscuridad que esa luz muestra, nuestra alma nunca madurará ni se desarrollará. Como Hesse lo expresa «El Alma es rica, saludable y capaz de felicidad sólo cuando existe un constante intercambio, una renovación mutua, entre la oscuridad y el dominio de la luz». Tratar de evitar esta tensión polar que reside en el núcleo de nuestra naturaleza –entre luz y sombra, expansión y contracción- sólo empobrece el alma.

 

La conciencia nacida del amor es la única fuerza que puede ofrecernos curación y renovación. Gracias a nuestro amor por otra persona, nos mostramos más dispuestos a permitir que nuestras antiguas identidades se marchiten y se desprendan, y entren en una noche oscura del alma, para que una vez más, podamos estar desnudos en presencia del gran misterio que se encuentra en el núcleo de nuestro ser. Así es como el amor nos hace madurar: calentándonos desde dentro e iluminando nuestro camino a través del oscuro pasaje hasta un nuevo nacimiento.

 

 

 

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