Amar y Despertar


de John Welwood

 

El Trabajo del Alma

 

Es con el alma con lo que comprendemos la esencia de otro ser humano, no con la mente, ni siquiera con el corazón. Henry Miller

 

Para que se dé una relación consciente se necesitan dos clases de profunda afinidad. La primera es una conexión de corazones -esa cualidad de presencia pura y abierta, de ser a ser- que experimentamos de una manera más vívida cuando estamos enamorados. Un indicador fidedigno de la conexión de corazones es la sensación de calidez y plenitud nutritiva que sentimos en presencia de otra persona.

 

Una conexión de corazones es un tipo universal de amor, que podemos experimentar con cualquiera hacia el que nos sintamos abiertos; incluso hacia una persona extraña con la que no volveremos a encontramos. Sin embargo, no simboliza la atracción especial que experimentamos hacia ciertas personas con las que sentimos una resonancia profunda y sin nombre. Ésta es la señal de otro tipo de afinidad, a la que podríamos denominar una Conexión de Almas.

 

La conexión de almas y el alma

Una Conexión de Almas es una resonancia entre dos personas que reaccionan ante la belleza esencial de la naturaleza de la otra persona, oculta tras sus fachadas y que conectan en este nivel más profundo. Este tipo de reconocimiento mutuo proporciona el catalizador de una alquimia poderosa. Se trata de una alianza sagrada cuya finalidad es la de ayudar a ambas partes a descubrir y comprender sus potenciales más profundos. En tanto que una conexión de corazones nos permite apreciar a aquellos a los que amamos tal como son, una conexión de almas nos ofrece una dimensión que va más allá: comprenderlos y amarlos por lo que ellos podrían ser y por quienes podríamos llegar a ser nosotros bajo su influencia. Esto significa reconocer que ambos tenemos un papel importante que interpretar para ayudar al otro a convertirse más plenamente en quien es.

 

A menudo alguien que nos ama puede ver nuestro potencial de alma con más claridad de la que nosotros somos capaces. Cuando esto sucede, produce un efecto catalizador que invita y fomenta a que partes nuestras que se encuentran latentes y sin desarrollar se manifiesten y encuentren expresión. En verdad, a menudo nos atraen con más fuerza aquellos en los que advertimos que «nos harán vivir -y morir- más intensamente... Almas gemelas que se reconocen la una a la otra», como señala la escritora francesa Suzanne Lilar. Una conexión de almas no sólo nos inspira a expandirnos, sino que también nos empuja a afrontar lo que sea que se interponga en el camino de esa expansión.

 

Alma, tal y como utilizo el término aquí, no pretende indicar ninguna entidad metafísica que habita en nuestro cuerpo misteriosamente, sino la manera única e individual mediante la cual nuestro ser primordial se manifiesta en nosotros, a través de nosotros, como nosotros.

Alma es una manera de denominar el elemento humano que reside en nuestro interior: esa sensibilidad viva que nos fluye desde muy dentro, a la que a menudo percibimos como un fluido que es una concreta sensación de ser uno mismo, una sensación de interioridad, intensidad o profundidad. En palabras del poeta sufí Rumi, el alma es «una alegría cuando llega la bondad, un llanto en la herida, una conciencia que crece».

 

Cuando nos vemos bajo los términos de una identidad fija -«Soy una persona feliz... una persona triste... un buscador espiritual... un sobreviviente»- nos experimentamos a nosotros mismos indirectamente, a través de un auto-concepto. Este es el falso yo: una construcción mental o una imagen de nosotros basada en experiencias pasadas. Pero en los momentos en que estamos en contacto con el alma, nos experimentamos de una forma nueva e inmediata: como este ser que está vivo en este momento. Ésta es nuestra verdadera individualidad, nuestra forma particular de ser, que nos permite asimismo conectar con la particularidad de otra persona. Cuando nuestro corazón está abierto, podemos amar a cualquiera por igual; sin embargo, cuando nuestra alma está ocupada, amamos a esta persona de una manera como no amamos a nadie más. Cuando los amantes se encuentran a este nivel, sus viejas identidades se evaporan en la sombra y se encuentran más activamente presentes, como Yo y Tú.

 

Mientras nuestra alma se abre y se revela de maneras excepcionalmente personales, sus raíces se extienden con más profundidad que la esfera personal. De la misma manera que una gota de agua que posee una tendencia innata a encontrar su camino de vuelta al océano del que es origen, el alma contiene el anhelo de conectar con nuestro hogar base, de realizar nuestra más profunda esencia como una presencia pura y abierta. Sin embargo, el alma contiene el anhelo de encarnar nuestra naturaleza primordial en este mundo, de conocernos bajo esta forma humana. Así, el alma es un principio o puente intermedio, que nos permite una integración entre las dos facetas de nuestra naturaleza: la individual y la universal, la esfera personificada de la experiencia personal y la presencia sin forma del ser puro, el puro espíritu.

 

La experiencia del alma siempre contiene este doble anhelo: sentir el significado y la belleza de nuestra vida y conectar con las mayores corrientes universales de la vida que fluyen a través de nosotros. Este flujo en ambas direcciones también lo describe Rumi, «No creáis que sólo la gota se convierte en océano. También el océano se convierte en gota» Si el alma pudiera describirse, no dudaría en emplear palabras como las de Yunu Emre, otro poeta sufí: «Soy la gota que contiene el océano. Qué bello es ser un océano escondido dentro de una gota infinita».

 

Nuestro mayor desafío como seres humanos es vivir de forma completa en ambos mundos: No sólo somos este organismo cuerpo/mente; también somos un ser/conciencia/presencia mucho mayor que nuestra forma y figura particular. Ni tampoco somos sólo este mayor ser sin forma; también estamos encarnados en este individuo. Como un puente entre estos dos reinos, el alma se hace sentir a través de los tirones y los avisos interiores, como una varilla de zahorí que nos conduce hasta el agua. Cuando nos encontramos sumergidos en nuestro ego-trance, nos incita a despertamos, y si intentamos tratar de flotar sobre esta vida; nos vuelve a llamar a la tierra.

 

 

 

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