Tiempo de Reflexión


Decisiones Personales

por Alicia Pintus - Filósofa y educadora

 

Si bien la filosofía ha sido considerada con frecuencia como un saber abstracto alejado de lo real, otras orientaciones, tanto antiguas como contemporáneas, también han mostrado su finalidad práctica vinculada con la búsqueda de la felicidad, o por lo menos de un buen vivir. Siguiendo esta línea de pensamiento, muchas veces las reflexiones nacen de aspectos pequeños y aparentemente triviales de lo cotidiano. Un correo electrónico que recibí en un momento en que estaba intentando poner en orden mi placard y mis papeles decía: «Perchas más, perchas menos: casi todos los guardarropas se parecen». Tomé el mensaje no sólo como una invitación a reordenar el placard, sino como una propuesta para reflexionar sobre las elecciones existenciales diarias.

 

El texto señalaba la contradictoria experiencia de no tener qué ponerse teniendo un placard lleno de ropa sin una percha vacía, los estantes atiborrados y los cajones desbordantes.

 

Por supuesto que tal paradoja se resuelve contemplando el placard que suele estar lleno de vestidos que esperan un regreso de modas retro, prendas que nos recuerdan la silueta que alguna vez tuvimos y esperamos recuperar, atuendos que pretendemos hereden nuestros descendientes, indumentarias que simbolizan hitos vitales a las que les tomamos afecto y que, aunque sabemos que no las usaremos más, nos provoca dolor desprendernos de ellas.

 

Todo ese conjunto apretujado de vestuarios posibles está vinculado con el pasado o con algún futuro incierto, pero nos deja desnudos en el presente. Nos impide estar conformes con «nuestra ropa de hoy». Como el placard, nuestra vida es finita, tiene límite y siempre llega el momento de poner orden. ¿Cuántas cosas conservamos en el «placard de nuestra vida» que comienzan a convertirse en verdaderos lastres, en obstáculos que nos impiden avanzar y seguir con nuestra tarea esencial que es vivir y crecer? Si es costoso emocionalmente decidir qué ropa dejar y cuál descartar, con el temor de arrepentirnos de la elección que hemos hecho, mucho más difícil resulta poner orden en nuestra vida con respecto al pasado y al futuro para que quede un lugar para el presente, que es el único tiempo real del que disponemos.

 

Las perchas, los estantes y los cajones liberados del peso de lo que no utilizamos ni volveremos a usar, es una promesa que nos abre posibilidades con respecto al futuro, nos deja ver qué nos falta realmente, lo que necesitamos y lo que podemos tener. ¿Qué guardamos en el «placard de nuestra vida» que nos impide estar «vestidos» como queremos en el presente? Sentimientos que no han sido ni serán correspondidos; amores idealizados e imposibles; odios; deseos de venganza; rencores que nos atan al dolor y al sufrimiento; fracasos y frustraciones; culpas injustificadas; ilusiones que nos conducirán decididamente a la desilusión; prejuicios; prohibiciones; miedos paralizantes…

 

Además de arrepentimientos tardíos por oportunidades que dejamos pasar, y pesares que cargamos en «nuestros estantes» que no nos dejan lugar para nuevos vínculos más sanos.

El semidios Orfeo perdió la oportunidad de traer a su amada Eurídice de vuelta a la vida por no poder resistirse a mirar hacia atrás. Hades, casi conmovido, estaba dispuesto a restituírsela con la condición de que al salir Orfeo no se volviera para verla hasta cruzar la puerta que separa el mundo de los mortales del reino de las sombras.

 

Si podemos superar la curiosidad de lo que sabemos que nos dañará, o si seguimos adelante sin preocuparnos del pasado, la recompensa podría ser una existencia plena que valore intensamente cada momento.

 

¿En qué puede ayudarnos la filosofía? Por ejemplo, en brindar herramientas para que haciéndonos preguntas reflexionemos sobre las emociones que se anquilosan en «el placard de nuestra vida» y que no dejan lugar para nuevas experiencias. ¿Por qué, para qué, qué consecuencias puedo prever; las puedo asumir y aun así decido hacer lo que voy a hacer? ¿Qué significa asumir las consecuencias; me hago cargo de mis intenciones y también de los efectos no previstos? Son algunos de los interrogantes ineludibles a la hora de tomar decisiones porque resultan el sostén de todas las acciones cotidianas y remiten a la pregunta fundamental por el sentido de nuestra vida.

 

La felicidad que depende de otros no es auténtica. Un bien tan preciado tiene que estar en nuestras manos. Si hemos decidido ser felices nada ni nadie puede impedirlo. Se trata de una decisión personal.

 

 


 

Contando Historias

 

Leyenda China

 

Cuenta una antigua Leyenda China que... Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí, vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. Estaba llena de alimentos, a cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado: Tenían que comer con palillos; pero no podían, porque eran unos palillos tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca.


Impresionado, el sabio salió del infierno y subió al cielo. Con gran asombro, vio que también allí había una mesa llena de comensales y con iguales manjares. En este caso, sin embargo, nadie tenía la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre; respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Y es que, allí, en el cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente.

 

 

 

El Recaudador

 

En un país del lejano Oriente, el sultán estaba desesperado porque no podía encontrar un nuevo recaudador.


-¿No hay ningún hombre honesto en este país que pueda recaudar los impuestos sin robar dinero? -se lamentó el sultán. Acto seguido llamó a su consejero más sabio y le explicó el problema.


-Anunciad que buscáis un nuevo recaudador, Alteza -dijo el consejero-, y dejadme a mí el resto.


Se hizo el anuncio y aquella misma tarde la antecámara del palacio estaba llena de gente. Había hombres gordos con trajes elegantes, hombres delgados con trajes elegantes y un hombre con un traje vulgar y usado. Los hombres de los trajes elegantes se rieron de él.


-El sultán, por supuesto, no va a seleccionar a un pobre como su recaudador -dijeron todos.


Por fin entró el sabio consejero.


-El sultán os verá a todos en seguida -dijo-, pero tendréis que pasar de uno en uno por el estrecho corredor que lleva a sus aposentos.


El corredor era oscuro y todos tuvieron que ir palpando con sus manos para encontrar el camino. Por fin, todos se reunieron ante el sultán.


-¿Qué hago ahora? -susurró el sultán.


-Pedid que bailen todos -dijo el hombre sabio.


Al sultán le pareció extraña aquella medida, pero accedió, y todos los hombres empezaron a bailar.


-Nunca en mi vida he visto unos bailarines tan torpes -dijo el sultán. Parece que tienen pies de plomo.


Sólo el hombre pobre pudo saltar mientras bailaba.


-Este hombre es vuestro nuevo recaudador -dijo el hombre sabio. Llené el corredor de monedas y joyas y él fue el único que no llenó sus bolsillos con las joyas robadas.


El sultán había encontrado un hombre honrado.

 

El afán por el dinero trae la locura. Si se ama el dinero, siempre se quiere más y nunca se cree tener bastante. Cuando más se tiene, más se gasta; el amor al dinero es pues una mera ilusión.

 

 

Ser poderoso

 

En cierta ocasión. Buda se vio amenazado de muerte por un bandido llamado Angulimal.

 

“Sé bueno”, le dijo Buda-, “y ayúdame a cumplir mi último deseo. Corta una rama de ese árbol”. Con un golpe de su espada, el bandido hizo lo que le pedía Buda. “¿Y ahora, qué?”, le preguntó a continuación. “Ponla de nuevo en su sitio”, -dijo Buda.

 

El bandido soltó una carcajada: “¡Debes de estar loco si piensas que alguien puede hacer semejante cosa!”.

 

“Al contrario”, -le dijo Buda. “Eres tú el loco al pensar que eres poderoso porque puedes herir y destruir. Eso es cosa de niños. El poderoso es el que sabe crear y curar”.

 

 

 

El Ciempiés

 

-Qué complicación (exclamó el Abad viendo caminar a un ciempiés) y qué maravilla: lo hace tan bien que parece fácil.

De pronto, le vino a la memoria una historieta que había escuchado no sabía dónde: "El pequeño ciempiés sintió que debía lanzarse a caminar y preguntó inquieto a su madre:

-Para andar, ¿Qué pies debo mover primero: los pares o los impares, los de la derecha o los de la izquierda, los de delante o lo de detrás? ¿O los del centro? ¿Y cómo? ¿Y por qué?

-Cuando quieras andar, hijo mío -le respondió la madre- deja de cavilar y simplemente ... anda".

 

A veces la mente nos impide hacer cosas por el freno de la duda. Si nos ponemos en marcha comprobaremos que todo se va ordenando a nuestro alrededor. Simplemente actuemos.

 

 

 

Imaginar

 

En una tarde nublada y fría, dos niños patinaban sobre un lago helado sin preocupación. De repente, el hielo se rompió y uno de los niños cayó al agua.

El otro niño viendo que su amigo se ahogaba debajo del hielo, corrió a coger una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romperlo y así salvar a su amigo.
 

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: ¿Cómo lo hizo?


¡El hielo era muy grueso. Era imposible que lo hubiera podido romper, con esa piedra y sus manos pequeñas!

En ese instante apareció un anciano y dijo: "Yo sé cómo lo hizo"...

¿Cómo? - Le preguntaron al anciano y él contestó: "No había nadie a su alrededor que le dijera que no se podía hacer".

Todo lo que puedas imaginar, lo puedes lograr.

 

 

 

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