"El Camino de las Lágrimas"


 

Seguir llorando aquello que no tengo me impide disfrutar esto que tengo ahora. Aprender a enfrentarse con el tema de la pérdida es aceptar vivir el duelo, saber que aquello que era es aquello que era y que ya no es más o por lo menos que ya no es lo mismo que era. De hecho nunca es lo mismo. Decía Heráclito: imposible bañarse dos veces en el mismo río. Ni el río trae la misma agua ni yo soy el mismo. Hay una pérdida necesaria. Cuando me doy cuenta de que algo ha muerto, de que algo está terminado, ese es un buen momento para soltar. Cuando ya no sirve, cuando ya no cumple, cuando ya no es, es el tiempo de soltar. Lo que seguro no voy a hacer, si te amo de verdad, es querer retenerte. Lo que seguro no voy a hacer es tratar de engancharte, si es verdad que te amo. ¿Te amo a ti... o amo la comodidad de que estés al lado mío? ¿Estoy relacionado con vos, individuo, persona, o estoy relacionado con mi idea de que ya te encontré y no quiero salir a buscar a nadie más? La verdad es que la pregunta que hago a todos es la que me hago a mí. Si mañana yo llego a mi casa y mi esposa, después de 26 años de casados, me dice que no me quiere más... ¿qué pasa? Primero dolor, angustia, tristeza y luego más dolor. Y después las dudas. Me pregunto: ¿quiero yo seguir viviendo con alguien que no me quiere? Yo. No ella. Yo, ¿quiero seguir? La quiero enormemente. ¿Alcanza? ¿Puedo yo quererla por los dos?

 

La verdad... que no. Y la verdad es que esta es la historia: como sé que no puedo determinar que me quieras ni quererte por ambos, entonces... te dejo ir. No te atrapo, no te agarro, no te aferro, no te aprisiono.  Y no es que te dejo ir porque no me importe, te dejo ir porque me importa.

 

«Pero, Jorge, hay situaciones, momentos, donde una pareja pelea y lucha por el vínculo y después de un tiempo de roces se vuelven a encontrar». Sí, hay miles de parejas que antes de encontrarse debieron separarse y otras que se separaron y nunca se volvieron a encontrar y hay miles más que no se separaron nunca y vivieron cagándose la vida para siempre, y hay toda la serie de variaciones que se te ocurran. Pero seguramente el final de la historia de una pareja no pasa por cuánto consiga alguno de los dos mantener prisionero al otro.

 

Cuando una pareja en problemas viene a consultar a un terapeuta, basta que uno de los dos sienta que se terminó, que no quiere más, que no tiene emoción, que se acabó el deseo, basta con que uno sostenga que agotó todos los recursos pero no le pasa nada, basta eso para saber que no hay mucho para rescatar. Si hay deseo, si se quieren, si se aman, si les importa cada uno del otro, si creen que hay algo que se pueda hacer, aunque no sepan qué, los problemas se pueden resolver (mejor dicho, se puede intentar). Pero si para alguno de los dos verdadera y definitivamente se terminó, se terminó para ambos, y no hay nada más que hacer. Por lo menos en esta vuelta de la calesita. Quizás en la próxima te saques la sortija montada en el mismo pony, pero en esta vuelta no hay más premios para repartir.

 

Y entonces habrá que decirle al que ama: tengo malas noticias para vos. Lo siento, se terminó.  ¿Y ahora? No lo sé. Seguramente te duela pero te puedo garantizar que no te vas a morir.  Si no te aferrás no te vas a morir.  Si no pretendés retener no te vas a morir. Salvo, como dije, que vos creas que te vas a morir.

 

Cuentan que había una caravana en el desierto. Al caer la noche la caravana se detiene. El muchachito encargado de los camellos se acerca al guía de la caravana y le dice: - Tenemos un problema, tenemos 20 camellos y 19 cuerdas, así que ¿cómo hacemos? Él le dice: - Bueno, los camellos son bastantes bobos, en realidad no son muy lúcidos, así que andá al lado del camello que falta y hacé como que lo atás. Él se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto. Un poco desconfiado el chico va y hace como que lo ata y el camello en efecto se queda ahí, paradito, como si estuviera atado.

A la mañana siguiente, cuando se levantan, el cuidador cuenta los camellos y están los veinte. Los mercaderes cargan todo y la caravana retoma el camino. Todos los camellos avanzan en fila hacia la ciudad, todos menos uno que queda ahí.

- Jefe, hay un camello que no sigue a la caravana.

- ¿Es el que no ataste ayer porque no tenías soga?

- Sí, ¿Cómo lo sabe?

- No importa. Andá y hacé como que lo desatás, porque si no va a seguir creyendo que está atado y si lo sigue creyendo, no empezará a caminar.

 

 


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