Contando Historias


 

Leyenda China

 

Cuenta una antigua Leyenda China que... Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí, vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. Estaba llena de alimentos, a cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado: Tenían que comer con palillos; pero no podían, porque eran unos palillos tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca.

 

Impresionado, el sabio salió del infierno y subió al cielo. Con gran asombro, vio que también allí había una mesa llena de comensales y con iguales manjares. En este caso, sin embargo, nadie tenía la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre; respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Y es que, allí, en el cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente.

 

 

 

Los Principios más elevados

 

Había una vez un hombre egoísta y arrogante. Sin embargo, había aprendido, temprano en su vida, que podía esconder e, incluso, entregarse a estas dañinas propensiones, si las llamaba por otro nombre. Fingía predicar y practicar la perfección, y muy fácilmente cayó en un estado de autoengaño.

 

Encontraba defectos en los demás, creyendo que procuraba mejorar la conducta humana en general y los casos específicos en particular. La gente sentía terror de sus críticas, basadas, aparentemente, en los principios más elevados de su propia cultura.

 

Nadie podía objetar su elevada moral. La sociedad a la cual pertenecía no había previsto los casos en que la moralidad se volvía enfermedad. El único papel que la comunidad pudo proveerle fue el de guardián de la ética pública.

 

Hasta tal punto se hizo hábito en él exigir sólo lo mejor que, cuando enfermó rehusó ser tratado por un médico que no poseyera las calificaciones académicas y clínicas más altas posibles.

 

Sucedió que sufría de apendicitis: una dolencia que puede ser tratada por cualquier practicante.

 

Pero, pagado de su propia importancia, irrevocablemente ligada a su concepto de “el mejor para la tarea”, comenzó a viajar de pueblo en pueblo, buscando los mejores cirujanos. Cada vez que encontraba un médico, temía que no fuera suficientemente bueno.

 

Finalmente, cuando una operación exitosa llegó a ser una necesidad imperiosa para salvar su vida, se encontraba en una aldea donde la única persona con algún conocimiento de anatomía era el carnicero.

 

Era, realmente, un excelente carnicero. Pero, como resultado de sus esfuerzos virilmente enérgicos e irreprochablemente afanosos, nuestro amigo, el reputado hombre virtuoso, para quien lo mejor era lo único, se desangró hasta morir.

 

 


 

  

 

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