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El Despertar Paul Ferrini |

Aceptar la Vida tal y como es.
Nunca has llamado al dolor y, sin embargo, lo has sentido. El amor llega de la misma manera: en un momento que te coge totalmente por sorpresa. Tal vez intentes retenerlo, pero no suele cooperar. Como el dolor, el amor es repentino y escurridizo. No responde a las manipulaciones de tu mente cuando aparece ni cuando desaparece.
Piénsalo bien. Si no tienes ningún poder para atraer el amor o para hacer desaparecer el dolor, ¿qué otra cosa puedes hacer salvo entregarte? Entregarse significa simplemente aceptar lo que la vida te trae en cada momento. Lo aceptas porque no es posible hacer nada al respecto.
Si intentas hacer algo para mitigar el tedio o el dolor, sólo conseguirás aumentarlos. ¿Por qué? Porque esta "actuación" proviene de tu ego, de tu insatisfacción por la vida, de tu insatisfacción por la actitud que adoptas a la hora de "intentar arreglar" las cosas.
Tras muchos intentos por «hacer» algo respecto a tus estados emocionales comprendes la extrema futilidad de tal propósito. No te queda nada más por hacer o, por decirlo de otra manera, ya has hecho bastante. Convivir con lo que ya has hecho es suficiente desafío.
Al principio pensamos que la respuesta a la sensación de no tener bastante es conseguir "más". Más dinero, más actividad, más relaciones sexuales. Pero..., con el tiempo, aprendemos que la respuesta es "menos". Menos estimulación, menos relaciones, menos intercambios externos; esto facilita la profundización de la experiencia. Y en esta profundización predomina la aceptación del momento.
Descansar en el Corazón.
Cuando aceptas tu experiencia descubres qué sientes al hacerlo. Cuando sabes lo que sientes, entonces pensar y sentir van de la mano.
Una vez, que sientes tu propio dolor, descubres la motivación que necesitas para poner fin a tu conflicto interior. Quizá te preguntes: "¿Acaso no tengo esa motivación desde el principio?". Desgraciadamente, la respuesta es «no». Si hubieses sabido de antemano el dolor que te provocaría comerte la manzana, no lo hubieses hecho. Pero para conocer el dolor primero tenías que probarla.
Esto no significa que la manzana sea mala. Ni tan siquiera que el dolor sea malo. De algún modo ambas cosas son necesarias para la experiencia del conocimiento. Y todo conocimiento real es una forma de ser.
Este es el motivo por el que es necesaria la reencarnación. Si te aíslas, no sabrás. Para saber, debes implicarte. Debes experimentar. El conocimiento proviene de él mismo.
Muchas personas intentan encontrar su espiritualidad a través de su mente «pensante», pero eso no funciona. El pensamiento quizá te lleve hasta la puerta, pero no hará que cruces el umbral. Si deseas entrar en el santuario, debes dejar tus conceptos atrás.
A medida que te adentras más y más profundamente en el silencio del corazón, las cuestiones intelectuales simplemente desaparecen. Ya no tiene la más mínima importancia que no hayas encontrado las respuestas. Éstas ya no son aplicables tan pronto como renuncias a las preguntas.
Una vez que has dado el primer mordisco a la manzana es imposible devolverla. Puedes acabártela; de esta forma completarás la lección y aprenderás lo que viniste a aprender aquí.
El Proceso de Revelación.
A menudo, las personas se preguntan por qué en su vida se manifiestan unas circunstancias o condiciones determinadas. Quizá se deba a que lo han pedido conscientemente, pero esto no es lo más normal. Aunque la oración, las afirmaciones y otros esfuerzos para concentrar la mente a veces producen resultados, sólo funcionan cuando, detrás de la práctica mental existe un fuerte deseo de conseguirlo. Querer algo mentalmente no basta. Debemos desearlo con todo nuestro ser.
Atraes aquello que deseas.
Lo que más quieres lo promueves sin dudar, haciendo venir hacia ti los recursos, consiguiendo el apoyo y el entusiasmo de los otros. Cualquier materialización se basa en el deseo. Sin deseo esta materialización es mínima. Cuando intentas atraer aquello que sólo quieres a medias, sólo triunfas a medias. Pero todo lo que buscas con energía y concentración, superando cualquier obstáculo, lo consigues.
Cuando deseas y piensas constantemente en aquello que anhelas siembras las semillas. Y lo que siembras, recoges. Allí donde pones tu energía es donde va tu vida. O como dijo El Maestro: "Donde esté tu corazón, también estará tu tesoro". Todo lo que necesitas es tu compromiso. Si sientes ambivalencia, incertidumbre o timidez en tus creencias, entonces no se te revelarán de forma clara o convincente.
Lo que se manifiesta puede ser una ayuda o un desafío. Por lo general, es una mezcla de ambas cosas. La mayor parte de las materializaciones provienen del deseo del ego y, como tales, conllevan lecciones y esfuerzos, lo que nos ayuda a comprender mejor y a renunciar a la falsa identidad.
En ocasiones tenemos la impresión de que estamos construyendo castillos en la arena. Levantamos estructuras elaboradas, trabajando con minuciosidad, invirtiendo una cantidad de tiempo, de energía y de atención considerable. Y entonces, la marea de la vida sube y se lleva todo. Las creaciones del ego son transitorias por naturaleza. No están hechas para durar toda la vida. Son herramientas para aprender, que vienen y se van. Más tarde o más temprano, llegamos al final de la creación del ego. Acabamos por cansamos del drama que escenificamos, y es entonces cuando la vida aminora el paso y se simplifica. Ya no hay ninguna necesidad de hacer nada en particular. Efectivamente, tengo el conocimiento de que cualquier cosa que "necesito" vuelve a mí para perseguirme. Pero lo que necesito es simplemente una carencia que percibo y que intento llenar desde el exterior... otro viaje inútil.
El proceso de revelación, como ya sabemos, es egocéntrico y se basa en el miedo. Creamos a partir de la percepción de una carencia y, dado que la percepción de esa carencia es tan intensa y tenaz, siempre elaboramos más y más material para intentar llenar el agujero interior.
La creencia de que "no valgo nada" es la única fuente que origina un estado ambiental desastroso en el planeta. Al sentimos indignos nos creemos obligados a producir, a elaborar mucho "material" con la finalidad de demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que, en realidad, somos dignos de ser amados. Si aprendiésemos a tratarnos directamente con amor no necesitaríamos proyectar nuestro desmerecimiento unos en otros y en el planeta.
Cuando aceptamos la responsabilidad de amarnos y aceptamos sinceramente a nosotros mismos en cada momento, frenamos sustancialmente nuestra actividad externa. La manera en que nos responden los demás es sólo algo que quizá nos será útil en el proceso de nuestra propia aceptación.
Evolucionamos de una forma gradual, yendo de un proceso de manifestación, caracterizado por una constante actividad exterior, hacia otro proceso del ser que se caracteriza por una mayor alimentación de sí mismo y una búsqueda de la felicidad externa menos egoísta. En nuestro proceso del "ser" lo que sucede no es tan importante como experimentar el amor y la aceptación propia, a1 margen de la forma externa que adquiera nuestra experiencia. Comprendemos y probamos cada vez más que la felicidad es un acontecimiento interior, no exterior. Cuando dejamos de proyectar hacia fuera el deseo de ser aceptados, este triste drama se disuelve y, consecuentemente, la actividad innecesaria del ego llega a su fin. Ya no necesitamos "hacer" o "crear" para ser dignos de amor. Sabemos que el simple hecho de "ser" basta para merecer amor. Nuestra dignidad interior nos permite dar amor sin exigir ni esperar nada a cambio, creando de este modo el camino a través del cual ese amor volverá a nosotros espontáneamente.
Nuestra relación con el mundo y, por lo tanto, con los demás, ya no será manipuladora, no se basará en la lucha o en la avaricia, sino que será una relación de confianza en la revelación natural de todos los procesos orgánicos, o en lo que los chinos llaman Tao.
Lo que tiene que ocurrir sucede a través de nosotros porque estamos dispuestos y somos capaces, y no porque nuestros egos lo necesiten para validar nuestra propia identidad. El Tao se revela en nosotros y en todos los seres. Cuando respetamos este proceso de revelación, nos vemos atraídos de una forma natural hacia aquellos acontecimientos y circunstancias en los que también contribuirá nuestra energía y nuestra atención.
Este es el fundamento de la revelación espiritual o de la presencia de la gracia. No se basa en el deseo personal, sino que actúa para beneficiar a todos los seres, porque no puede buscar el bien de una persona a costa de otras. La manifestación espiritual se produce sin esfuerzo ni fijación. La valía personal no está en juego, por lo que no hay necesidad de conseguir ningún resultado específico. Cuando aceptamos lo que ocurre en el momento, renunciamos a las expectativas que aparecen. El Tao construye de forma impersonal y espontánea. No tiene preferencias. No importa lo que se genere, debe ser aceptado. Y es en esa aceptación donde se revela su significado espiritual.
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