Maestría
del Amor
Miguel Ruiz
Poco a poco perdemos nuestra inocencia; empezamos a sentir resentimiento, y después, ya no perdonamos más. Con el tiempo, estos incidentes e interacciones nos enseñan que no es seguro ser quienes realmente somos. Por supuesto, la intensidad de todo esto varía en cada ser humano según sea su inteligencia y su educación. Dependerá de muchos factores. Si tienes suerte, la domesticación no será tan fuerte. Ahora bien, si no eres tan afortunado, la domesticación puede ser tan dura y causar unas heridas tan profundas que incluso tengas miedo de hablar. El resultado es: «Oh, soy tímido». La timidez es el miedo a expresarse uno mismo. Quizá creas que no sabes bailar o cantar, pero esto es sólo la represión de un instinto humano natural: expresar el amor.
Los seres humanos utilizamos el miedo para domesticar a otros seres humanos; cada vez que experimentamos una nueva injusticia, nuestro miedo aumenta. El sentido de la injusticia es como un cuchillo que abre una herida en nuestro cuerpo emocional. El veneno emocional se genera a partir de la reacción frente a lo que consideramos una injusticia. Algunas heridas se curarán, pero otras se infectarán con más y más veneno. Cuando estamos llenos de veneno emocional, sentimos la necesidad de liberarlo, y para deshacernos de él, se lo enviamos a otra persona. ¿Y cómo lo hacemos? Pues captando su atención.
Tomemos el ejemplo de una pareja corriente. Por la razón que sea, la mujer está enfadada. Está llena de veneno emocional debido a una injusticia que tiene su origen en el marido. Éste no se encuentra en casa, pero ella recuerda la injusticia y el veneno aumenta en su interior. Cuando el marido llega, lo primero que ella quiere hacer es captar su atención porque, cuando lo haga, podrá traspasarle a él todo el veneno y entonces sentirse aliviada. Tan pronto le dice lo malo, estúpido o injusto que es, le transfiere a su marido el veneno que acumulaba en su interior. Habla y habla sin parar hasta que consigue captar su atención. Finalmente, él reacciona y se enfurece, y entonces, ella se siente mejor. Sin embargo, ahora el veneno recorre el cuerpo de él y siente la necesidad de desquitarse. Tiene que captar la atención de ella a fin de librarse del veneno, pero ya no es sólo el veneno de ella: es el veneno de ella más el veneno de él. Si observas esta interacción detenidamente, comprenderás que lo que están haciendo es hurgar en sus respectivas heridas y jugar a ping-pong con el veneno emocional. De este modo, el veneno seguirá aumentando sin parar hasta que, algún día, uno de los dos estalle.
Esta es la manera en que los seres humanos nos relacionamos a menudo. Al captar la atención, la energía va de una persona a otra. La atención es algo muy poderoso en la mente del ser humano. De hecho, en todo el mundo las personas van continuamente a la caza de la atención de los demás, y cuando la capturan, crean canales de comunicación. Pero al igual que se transfiere el sueño y el poder, también se transfiere el veneno emocional.
Normalmente, nos liberamos del veneno traspasándoselo a la persona que creemos responsable de la injusticia, pero si esa persona es tan poderosa que no podemos enviárselo, entonces lo lanzamos contra cualquier otra sin importarnos de quien se trate. Por ejemplo a los niños, que no son capaces de defenderse de nosotros, estableciendo así relaciones abusivas. De este modo, la gente que tiene poder abusa de los que tienen menos, porque necesita deshacerse de su veneno emocional. Hay que desprenderse del veneno, y por eso en ocasiones, no se tiene en cuenta la justicia; sólo queremos deshacernos de él, queremos paz. Esa es la razón por la que los seres humanos andan siempre detrás del poder, porque, cuanto más poderoso se es, más fácil resulta descargar el veneno sobre los que no pueden defenderse.
Por supuesto, estoy hablando de las relaciones en el infierno, de la enfermedad mental que existe en el planeta. No hay que culpar a nadie de esta enfermedad; no es buena ni mala ni correcta ni incorrecta; sencillamente, esa es la patología normal de esta enfermedad. Nadie es culpable por comportarse de manera abusiva con los demás. Tú no eres culpable de tener heridas infectadas con veneno. Cuando estás herido o físicamente enfermo, no te culpas a ti mismo por estarlo. Entonces, ¿por qué sentirse mal o culpable si tu cuerpo emocional está enfermo?
Lo que sí es importante es cobrar conciencia de que tenemos este problema, ya que cuando lo hacemos así, tenemos la oportunidad de sanar nuestro cuerpo y nuestra mente emocional y de dejar de sufrir. Sin esa conciencia, no es posible hacer nada. Lo único que nos queda es continuar sufriendo las consecuencias de nuestra interacción con otros seres humanos, y no sólo eso, sino también sufrir a causa de la interacción que mantenemos con nuestro propio yo, porque también nos tocamos nuestras propias heridas con el único propósito de castigarnos.
En nuestra mente hay una parte, creada por nosotros, que siempre está juzgando. El Juez juzga todo lo que hacemos, lo que no hacemos, lo que sentimos, lo que no sentimos. Nos juzgamos a nosotros mismos de manera continua y juzgamos incesantemente a los demás basándonos en nuestras creencias y en nuestro sentido de la justicia y en que los demás están equivocados. Sentimos la necesidad de tener «razón» porque intentamos proteger la imagen que queremos proyectar al exterior. Tenemos que imponer nuestro modo de pensar, no sólo a otros seres humanos sino también a nosotros mismos. Cuando cobramos conciencia de todo esto, comprendemos con facilidad por qué no funcionan las relaciones: con nuestros padres, con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestra pareja e incluso con nosotros mismos. ¿Por qué no funciona la relación que mantenemos con nosotros mismos? Porque estamos heridos y llenos de todo ese veneno emocional que a duras penas somos capaces de manejar. Estamos llenos de veneno porque hemos crecido con una imagen de perfección que no se corresponde a la realidad, que no existe, y sentimos esa injusticia en nuestra mente.
Hemos visto de qué modo creamos esa imagen de perfección para complacer a los demás, aun cuando ellos crean su propio sueño, que no guarda ninguna relación con nosotros. Intentamos complacer a mamá y a papá, intentamos complacer a nuestro profesor, a nuestro guía espiritual, a nuestra religión, a Dios. Pero la verdad es que, desde su punto de vista, nunca seremos perfectos. Esa imagen de perfección nos dice cómo deberíamos ser a fin de reconocer que somos buenos, a fin de aceptarnos a nosotros mismos. Pero ¿sabes qué? De todas las mentiras que nos creemos de nosotros mismos, esta es la más grande, porque nunca seremos perfectos. Y no hay manera de perdonarnos por no serlo.
Esa imagen de perfección cambia nuestra forma de soñar. Aprendemos a negarnos y a rechazarnos a nosotros mismos. Según todas las creencias que tenemos, nunca somos lo bastante buenos o lo bastante adecuados o lo bastante limpios o lo bastante sanos. Siempre existe algo que el juez no acepta ni perdona jamás. Por esta razón rechazamos nuestra propia humanidad; es decir, esta es la razón por la que no nos merecemos ser felices; esta es la razón por la que buscamos a alguien que nos maltrate, a alguien que nos castigue. Y debido a esa imagen de perfección nos sometemos a un alto nivel de maltrato personal.
Cuando nos rechazamos a nosotros mismos y nos juzgamos, cuando nos declaramos culpables y nos castigamos de una manera tan excesiva, tenemos la sensación de que el amor no existe. Parece como si en este mundo sólo existiera el castigo, el sufrimiento y el juicio. El infierno tiene muchos niveles diferentes. Algunas personas caen muy profundamente en el infierno y otras apenas están en él, pero de todos modos, ahí es donde se encuentran. En el infierno se dan relaciones muy abusivas, aunque también hay otras en las que apenas existe el abuso.
Ya no eres un niño, así que si estás manteniendo una relación abusiva es porque aceptas ese maltrato, porque crees que te lo mereces. Y aunque la cantidad de maltratos que estás dispuesto a aceptar tiene un límite, debes saber que no hay nadie en el mundo entero que te maltrate más que tú mismo. El límite del maltrato que tolerarás de otras personas es exactamente el mismo al que te sometes tú. Si alguien te maltrata más de lo que tú mismo te maltratas, te alejas, corres y te escapas de él. Ahora bien, si esa persona te maltrata sólo un poco más de lo que tú mismo te maltratas, quizás aguantes más tiempo. Todavía te mereces ese maltrato.
Por lo general, en las relaciones corrientes que mantenemos en el infierno se trata de pagar por una injusticia; de desquitarse. Te maltrato a ti de la manera que necesitas que te maltraten y tú me maltratas a mí de la manera que yo necesito que me maltraten. El equilibrio es bueno; funciona. La energía atrae un mismo tipo de energía, por supuesto, un mismo tipo de vibración. Si una persona se te acerca y te dice: «Oh, me maltrata tanto» y tú le preguntas: «Bueno, ¿por qué sigues ahí?» ni siquiera sabrá contestarte por qué. La verdad es que necesita ese maltrato porque esa es su manera de castigarse.
La vida te trae exactamente lo que necesitas. En el infierno existe una justicia perfecta. No hay nada ni nadie a lo que podamos culpar. Incluso podemos decir que nuestro sufrimiento es un regalo. Basta con que abras los ojos y mires lo que te rodea para limpiar el veneno, sanar tus heridas, aceptarte y salir del infierno.
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