Amar y Despertar


John Welwood
 

Nuestro mayor desafío como seres humanos es vivir de forma completa en ambos mundos: No sólo somos este organismo cuerpo-mente; también somos un ser-conciencia-presencia mucho mayor que nuestra forma y figura particular. Ni sólo somos este Ser mayor sin forma; también estamos encarnados en este individuo. Si nos identificamos totalmente con nuestra forma -nuestro cuerpo/mente/personalidad- nuestra vida permanecerá confinada dentro de las estructuras conocidas y familiares. Pero si tratamos de vivir sólo como lo sin forma -como el espíritu puro- puede que nos sea difícil estar conectados o comprometidos con nuestra vida. Como un puente entre estos dos reinos, el alma se hace sentir a través de los tirones y los avisos interiores, como una aguja de una brújula magnética, como una varilla de zahorí que nos conduce hasta el agua. Cuando nos encontramos sumergidos en nuestro ego-trance, nos incita a despertamos, y si intentamos tratar de flotar sobre esta vida, nos vuelve a llamar a la tierra.

 

La tradición tántrica india ve esta relación entre espíritu y alma, entre el ser sin forma y absoluto y la existencia personificada y relativa, como un juego de enamorados. Mientras que nuestra naturaleza absoluta, como ser puro o presencia abierta, es eterna e inmutable -«como lo fue en un principio, lo es ahora, y lo será siempre»- nuestra alma se desarrolla y se agudiza a través del cultivo y la personificación de las semillas de los potenciales -del coraje, la fuerza, la generosidad, el humor, la ternura, la sabiduría- contenidos en nuestra naturaleza primordial. Esas capacidades son innatas y no aprendidas. El amor, por ejemplo, simplemente surge; nadie nos tiene que enseñar cómo sentirlo.

 

Podemos aprender a extender nuestro amor más ampliamente, o a eliminar las barreras de su camino, pero el amor en sí mismo emerge como una cualidad intrínseca de nuestro ser. Lo mismo sucede con el resto de nuestras capacidades humanas, tales como el coraje, la fuerza, la paciencia, el humor, la dedicación, la ecuanimidad. Sin embargo, muchas de estas capacidades a menudo no se realizan porque nuestra personalidad condicionada bloquea nuestro acceso a ellas. En ese caso, permanecen como semillas latentes que nunca reciben el agua o la luz del sol necesario para dar fruto.

 

La esencia del trabajo espiritual es la de realizarnos y reorientamos continuamente hacia nuestro ser, nuestra naturaleza absoluta, y esto es lo que nos conduce a la libertad definitiva.

Sin embargo, los logros espirituales a menudo permanecen divididos, separados de la vida diaria, o llegan a emplearse como razones para vivir de una manera impersonal y desangelada. Esta es la razón por la que, si hemos de vivir nuestros logros e introducirlos en este mundo, también necesitamos trabajar en la vasija del alma: nuestra humanidad personificada. El trabajo del alma es modelar esta vasija. Supone forzar las cáscaras de nuestras identidades condicionadas que encajonan nuestras semillas de potenciales, así como arar y cultivar la tierra de nuestra humanidad más profunda, para que esas semillas puedan florecer y dar fruto.

 

Esta clase de cultivo exige paciencia, dedicación y perseverancia: que es la razón por la que Rilke una vez describió el trabajo del alma como «trabajo diario, trabajo diario, sólo Dios sabe que no hay otra palabra para ello». Supone trabajar con las contradicciones del ser humano, y a través de ello, desarrollar nuestra capacidad para atravesar esas contradicciones. Nuestra verdadera personalidad no se desplegará, ni será capaz de crear una relación profunda y transformadora, si sólo reconocemos una parte de nuestra naturaleza: ya sea haciendo caso omiso de nuestra experiencia personal, o por el contrario identificándonos totalmente con ella. Si el trabajo espiritual nos ofrece libertad, el trabajo del alma nos da integración. Ambos son necesarios para una vida humana completa.

 

Cuanto más producimos y manifestamos nuestros potenciales más profundos, más rica llega a ser nuestra alma -nuestra percepción de nuestra propia experiencia, de la otra gente y de la vida. Y mejor podemos servir como canal para expresar la vida más grande de nuestro espíritu. El alma que se desarrolla es como una joya que se despoja continuamente de sus impurezas y crece más brillante al mismo tiempo que se vuelve más translúcida al sol.

 

Aunque toda una variedad de importantes cualidades humanas está potencialmente disponible para todo el mundo, cada uno de nosotros tiene un acceso especial a ciertas cualidades, así como aptitudes únicas para combinarlas y expresarlas. Cada alma posee su propio e individual carácter similar a una joya, su propia «peculiaridad». Y cada uno de nosotros tiene su propio y único camino de trabajo del alma. Dos amantes que comparten una conexión de almas reconocen que pueden ayudarse el uno al otro a avanzar por este camino.

 

De niños, nuestra peculiaridad proyecta su brillo de una manera sencilla y espontánea: simplemente somos lo que somos. Pero al identificamos con el falso yo, nos apartamos de nuestro ser primordial, el inmenso palacio de poderes y potenciales al que tenemos derecho por nacimiento. El alma deja de desarrollarse y experimentamos las dolorosas consecuencias de esta pérdida: soledad, separación, desaprobación, insensatez y la incapacidad de amar profundamente. Nuestra alma es la que sufre esta pérdida y la que nos impulsa a que nos pongamos a buscar nuestros perdidos privilegios de nacimiento.

Nuestra alma también reconoce a aquellos que pueden ayudamos en esta búsqueda. Sin embargo, cuando reconocemos compañeros del alma potenciales, es probable que también algo en ellos nos resulte inquietante. Aunque podemos sentimos instantáneamente atraídos y magnetizados por ellos, también nos excitan y agitan. Intuitivamente sentimos que esta persona podría ayudamos a recobrar ciertas partes esenciales y olvidadas de nosotros mismos, pero al hacerlo, nos arrojamos contra nuestros filos, donde sentimos miedo y nos resistimos a esa recuperación.

 

 

Dignos oponentes

Por ello, no deberíamos fantasear con este tipo de conexión, imaginando que sólo nos traerá dulzura y luz. De muchas maneras, más bien, se trata de encontrar un oponente digno. Hemos encontrado nuestro igual, alguien que no nos permitirá escapar con nada que sea falso o que merme nuestro ser. Mientras que la conexión de corazones de una pareja proporciona una calidez dulce y nutritiva, su conexión de almas suministra un fuego más intenso y transformador. A menudo se manifiesta bajo la forma de una fricción; especialmente en los primeros años de una relación, cuando los miembros de la pareja se retan uno al otro diciéndose, en realidad: «¿Por qué estás tan apegado a tus hábitos? Quiero que te sinceres y te vuelvas completamente vivo... que estés más presente, que seas más flexible, más real…»

 

Si los dos miembros de una pareja se enfrentan de este modo para probar algo o para escoger su propio camino, el resultado sólo será una lucha por el poder entre sus egos. Para ir más allá de tal batalla de voluntades, necesitan entender la naturaleza más profunda de su lucha: realmente se «están puliendo» contra los barrotes de las jaulas del alma del otro. Esta fricción, si se la maneja de manera consciente puede sacarlos de la prisión de las viejas identidades que están limitando el flujo de vida dentro y entre ellos.

 

Cuando hemos aislado alguna parte de nosotros mismos, sufrimos un conflicto interior que inevitablemente tomará la forma de un conflicto exterior con aquellos que amamos. Si he encerrado mi ternura, entonces mi identidad es la de un «tipo duro» que herirá a mi pareja y contra la cual luchará. O si he rechazado mi enfado, puedo actuar de una manera pasiva-agresiva que la enfurecerá. Cuanto más apegado estoy a una vieja identidad, más inaccesible soy. Todas las maneras en que he rechazado partes de mí movilizarán a mi pareja en busca de una confrontación.

 

Dos seres que tienen una conexión de almas quieren entablar un completo diálogo que abarque todos los ámbitos y estar en comunión con el otro tan profundamente como sea posible. Cuando coloco alguna parte de mí fuera de los límites, lo que en esencia le estoy diciendo a mi pareja es, «Me niego a estar consciente en este lugar. Me niego a incluir esto en nuestro diálogo. Quédate fuera.» Esto le hace sentir que no tenemos una conexión incondicional; que no puedo estar completamente presente con ella; y que siempre tendrá que estar atenta a las señales de «prohibido el paso» y arriesgarse a que la hiera con mi alambrado de púas defensivo. Si se siente lo suficientemente segura sobre nuestro vínculo más profundo, a veces tendrá que luchar por él desafiando al tirano ego que hay en mí que está tratando de controlar qué dejo entrar y que dejo que pase entre nosotros.

 

 

[Continuará en la próxima Revista]

 

 

 

 

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