Vencer al Enemigo


John Welwood

del libro "Amar y Despertar"

 

 

Cuando odiamos a alguien, estamos odiando alguna parte de nosotros mismos que vemos en esa persona. No nos exaltamos por nada que no esté en nosotros.

HERMAN HESSE

 

Al describir el matrimonio entre Frieda y D. H. Lawrence, su amiga Mabel Dodge Luhan escribió una vez: «Lo que en los primeros días debió tratarse de la apasionada atención del amor... se había convertido en el ataque y la defensa entre dos enemigos.» Ésta es una experiencia común entre las parejas. Aunque mi pareja pueda ser en un momento dado mi persona favorita del mundo entero, al instante siguiente podría verla como un Atila el Huno empeñado en pisotearme en el polvo. A pesar de la naturaleza sagrada de nuestra conexión con aquellos a los que amamos, no estamos exentos de acabar reaccionando ante ellos como si fueran una amenaza para nuestra propia supervivencia.


El enemigo interior. Esta clase de reacción a menudo empieza a aparecer cuando una relación saca a relucir sentimientos que nunca aprendimos a soportar -quizá una intensa pasión, miedo o vulnerabilidad. Todos experimentamos ciertas emociones y situaciones que encontramos especialmente difíciles de controlar. Y cuando crecemos en el seno de una familia o sociedad que no nos enseña a aceptar y a relacionarnos con toda la variedad de nuestra experiencia, sino que en su lugar cree que muchas emociones son inconvenientes o tabú, esto crea una dificultad añadida:
asumimos que hay algo malo en nosotros cuando surgen estos sentimientos inaceptables. Así pues, asociamos ciertos sentimientos con una sensación de maldad o indignidad: mantenidos por la voz de nuestro «crítico interior», que con frecuencia nos regaña por fracasar al no dar la talla (según las normas Ajenas). Puesto que es doloroso reconocer este «yo malo», raramente nos enfrentamos a él de una manera directa; actúa como una identidad inconsciente.

 

Intimar con otra persona significa ser vistos tal y como somos, lo que es inevitable que saque a la luz cualquier sentimiento que hayamos intentado evitar o suprimir. Si secretamente creemos que somos malos por experimentar tales emociones; entonces, cuando esta evidencia de nuestro «yo malo» salga a la superficie, reaccionaremos a la defensiva. Sin embargo, cuando reaccionamos hacia nuestra pareja como si fuera una amenaza, estamos exteriorizando lo que esencialmente es una batalla interior: estamos tratando a algún aspecto de nuestra experiencia -que consideramos malo o inaceptable- como un enemigo contra el que nos debemos defender.

 

El antídoto contra esta división y guerra interiores, que nos mantienen en guardia contra los enemigos, se encuentra en invertir la lógica del autorrechazo. Lo que significa abrimos a cualquier cosa que sea lo que tengamos encerrado dentro de nosotros: aprendiendo a reconocer y admitir nuestra experiencia, tal y como es, y a conectar con ella de una manera más directa.

 

El miedo, por ejemplo, es un sentimiento que empieza a relajarse y aflojar cuando lo reconocemos y le dejamos espacio. Pero, por el contrario, encogernos ante nuestro miedo le hace más complejo y formidable, pues añadimos división interior, lucha y estrés. Cuando intentamos aislar los sentimientos dolorosos o desagradables, éstos se oponen y se nos resisten con una fuerza mayor. Parecen un enemigo que nos ataca y socava.

 

Así, la sola acción de rechazar un sentimiento lo convierte en Ajeno, lo convierte en amenazador, lo convierte en un enemigo. Al no haber aprendido nunca que nos podemos relacionar con nuestra experiencia de una forma amistosa, llegamos a vivir en un campamento armado que nosotros mismos hemos montado. Y continuamente expresamos esta guerra interior en nuestras relaciones con los demás.

 

Tom era un hombre con el que trabajé cuyas relaciones se vieron afectadas como consecuencia de su creencia, profundamente arraigada, de que los sentimientos de vulnerabilidad eran algo que tenía que evitar a toda costa. Al ser un hijo único que había crecido con dos padres super-dominantes, había desarrollado una fuerte aversión a sentirse indefenso: lo asociaba con ser un perdedor.

 

Puesto que Tom consideraba que los sentimientos de indefensión eran sus enemigos, intentaba protegerse de ellos fabricando una identidad consciente de alguien que siempre tenía el control, de un ganador. Y trataba a cualquier cosa que amenazara esta imagen como Ajena y como enemiga.

 

Los sentimientos de indefensión, sin embargo, son parte del ser humano. Nacemos indefensos y probablemente moriremos indefensos. Y, a veces, estamos obligados a sentirnos así en nuestras relaciones porque realmente no podemos controlar a los que amamos: cómo son y cómo nos afectan. Tener que mantenemos en guardia contra tales sentimientos requiere una vigilancia constante, que nos impide sostener relaciones francas y confiadas con la gente.

 

Si queremos mantener una relación profunda y enriquecedora en nuestras vidas, necesitamos trabar amistad con toda la gama de nuestra experiencia, con todos sus terrores y todas sus alegrías.

 

Así pues, Tom hubo de aprender a tolerar los sentimientos vulnerables y empezar a asumirlos. Pero esto era imposible mientras los siguiese considerando una señal de que había algo básicamente equivocado en él.

 

 

 

Regresar a Revista 26                                                                                                                                                              Pagina Siguiente

 



 

 

Nedstat Basic - Web site estadísticas gratuito
El contador de la Revista Luz del Alma®