EL DESPERTAR
Paul Ferrini
Principios y Finales
Es posible que la vida parezca lineal. El sol sale por la mañana y se pone por la noche. La primavera sigue al invierno y el verano a la primavera. Pero todo lo que sucede de forma secuencial también sigue un ciclo. La noche no sólo sigue al día, sino que lo precede. La primavera no sólo sigue al invierno, sino que lo precede. En un círculo es difícil saber dónde se encuentra el punto de origen y el punto final. De hecho, la cuestión en sí pierde su sentido.
La vida no es una línea recta desde el principio hasta el final, sino un ciclo en el que cada final es un principio, y cada principio un final. Cada fase del ciclo contiene todas las otras fases del mismo ciclo.
Aunque sepamos todo esto de una forma intelectual, su significado no ha calado en nosotros. Todavía percibimos nuestras vidas de una forma lineal, secuencial. Todavía pensamos que "A" nos lleva a "B". Pensamos que debemos hacer una cosa antes de poder hacer otra. Por ejemplo: «Debo aprender a amarme a mí mismo antes de tener una relación con alguien». Pero lo contrario también es cierto: «Si tengo que aprender a amarme a mí mismo, debo mantener relaciones con otras personas». Tener una relación con otras personas y aprender a amarme a mí mismo es algo que ocurre siempre de forma simultánea. Cuando estoy en una relación, aprendo a amarme a mí mismo. Cuando estoy solo, aprendo a estar en una relación. Todas las fases de un ciclo están presentes en cada una de ellas por separado. Por lo tanto, cada momento contiene todos los otros momentos. El actual contiene todo el pasado y todo el futuro. Ofrece una curación y una reconciliación profunda para todas las heridas del pasado o del futuro. Por esta razón, la enseñanza de todas las tradiciones espirituales se centra en reclamar nuestra atención para el momento presente. Aunque en este momento quizá sólo sea un punto en el círculo, servirá, ya que cualquier punto representa el alfa y el omega. No se precisa un momento ni un lugar especial. Aquí es tan buen lugar como cualquier otro; ahora es tan buen momento como cualquier otro. No tienes que hacer nada antes, ni tampoco después. Sólo existe lo que ocurre ahora. Esa es tu única responsabilidad.
Es imposible que, en este mismo momento, te encuentres en ningún otro lugar. El único lugar está aquí. Una vez que descubras que lo único que la vida te pide es tu simple presencia, te resultará más fácil aceptar las cosas tal y como son. Cualquier deseo de que las cosas sean distintas significará que mantienes una fijación con respecto al pasado, o bien un miedo hacia el futuro. Estas fijaciones y estos miedos son algo muy común y no significan que no seamos espirituales, pues todos los tenemos.
Nuestro trabajo no se basa en hacer desaparecer las ataduras o los miedos, sino simplemente en reconocer nuestra resistencia cuando aparece. Al tomar conciencia de nuestra resistencia, no nos identificamos con ella. Esa es la clave. Advertir el miedo, y decirse: yo no soy ese miedo. Advertir la fijación hacia una solución específica y decirse: yo no soy el que necesita esa solución. De modo que no tengo por qué ser indulgente con mis deseos ni por qué resistirlos. Sencillamente los advierto y dejo que se marchen. Mientras sostenga cada deseo con una conciencia compasiva, conseguiré aquietarlos.
Los pensamientos y los sentimientos surgen en la conciencia, y después se
desvanecen. No los provoca nada en particular, ni tampoco hay nada en
particular que los haga desaparecer. Son sólo una diástole, como el movimiento
rítmico de la respiración o los latidos del corazón. Nada de todo esto tiene
el menor significado. Simplemente es; es la danza del ser.
Sólo significa algo cuando nosotros mismos nos decimos que el flujo rítmico de la vida se ha interrumpido. Nuestros gestos de credulidad o de incredulidad son como árboles que caen a través del arroyo. No impedirán que el arroyo siga fluyendo, pero dificultarán el paso del agua. Una mente inquieta es como una sierra eléctrica, tala muchos árboles; hace que el río dance con brío en muchas direcciones diferentes. Cuanto más trabaja la mente, más le cuesta al cuerpo ser. Y si el cuerpo no está presente, será imposible que este momento sea dado o recibido en su totalidad.
De modo que regresamos a la respiración, al ascenso y al descenso de la fuerza de la vida en nuestro interior. Regresamos al ascenso y al descenso de los pensamientos y sentimientos en la mente y en el corazón. Y la pregunta es: ¿respiramos al mismo ritmo que pensamos? ¿Respiramos al mismo ritmo que sentimos? A menudo descubriremos que apenas respiramos. La mente va demasiado deprisa para el cuerpo. Nos hallamos en otra parte en un momento diferente. En realidad no estamos aquí en absoluto. El río danza naturalmente a nuestro alrededor pero estamos fuera del flujo de nuestras vidas. No estamos en paz. Y cuando descubrimos esto último, dirigimos nuestra atención de nuevo hacia el momento presente. Empezamos a respirar otra vez; nuestro cuerpo vuelve a conectarse con nuestra mente. Reclamamos el lugar en el que nos encontramos.
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