Los hijos y los límites


Jaime Barylko

 

 

Los padres amigos de los hijos
Son unos plomos. Me refiero a los padres amigos de los hijos. Les están encima, se visten como ellos, procuran hablar en el lenguaje de ellos y decir las cosas que ellos dicen, y ver sus películas, y escuchar su música, y sonreír cuando esa música les perfora tímpanos y algo más, y mostrar buena cara, tener lo que se dice buena onda.


¿Usted tiene buena onda?

 

Es un tema que me preocupa. La mala onda no debe existir, ordenan los otros. Buena onda es ser joven, es ser energético y es ser saludable. Los que no funcionan así, reclaman, que se retiren del escenario. Hay que estar divertido a toda costa, alegre, contento, joven.


Entonces los padres, para conquistar a sus hijos, tienen buena onda, buen jogging, buenas zapatillas de esas enormes que usan los chicos y se peinan para atrás con colita.


Amigos son los amigos, como dice un filósofo de la tele argentina. Amigos a toda costa.


Los pibes y las pibas, pobrecitos, huyen de nosotros, pero nosotros los perseguimos con nuestra amistad, contamos sus chistes, usamos sus palabras, y hasta procuramos ir a los boliches donde ellos van.


Según Lawrence Wylie, "el padre norteamericano trata de convertirse en amigo de sus hijos, de modo que éstos deseen dirigirse a él en busca del consejo que les permita resolver sus problemas. A veces esa amistad es un hecho natural, y otras forzado".


Por cierto que una amistad forzada no es una amistad benéfica. Caer como plomo sobre los hijos para darles golpes en la espalda o en el hígado, suavecito, claro, mostrando que uno espiritualmente es de la misma edad, abrazarlos, y ser amigo de ellos, quiéranlo ellos o no, es una actitud bastante corriente no sólo entre los del Norte sino en cualquier lugar del mundo, inclusive en la Argentina. No nos fue bien con ese amiguismo prefabricado, hay que reconocerlo. En consecuencia, abandonemos esas ficciones y seamos cada cual lo que le corresponde ser.


La piel lisa no puede borrar las arrugas del alma, insisto en recordar. Debemos vaciarnos de prejuicios y de pre-recetas. La pre-pizza es bien posible y hasta sabrosa. La pre-vida es imposible, y si se la practica es nefasta.

 


"Cuando a mamá se le mete una idea en la cabeza..."
Lawrence Wylie, en su ensayo sobre la juventud en Francia y en los Estados Unidos, nos trae esta sabrosa narración de Max Schulman:

 

"Fue una de esas retorcidas ideas de mi madre, y papá y yo luchamos contra ella, pero fue inútil, porque cuando a mamá se le mete una idea en la cabeza no es posible arrancársela ni con un cañón.

Mamá le dijo a papá hace años que él no me dedicaba bastante tiempo.

 

—Herbert —exclamó—, un hombre debe ser el compañero de su hijo. ¿Por qué no llevas a Dobbie a pasear los domingos por la mañana y le hablas de la naturaleza y de motores y de cosas por el estilo?


El padre y el hijo se opusieron rotundamente. De nada sirvió, mamá que sabía más que todos de psicología moderna y de lo que hay que hacer cuando se es un padre moderno, los obligó a practicar ese ritual.


"Honestamente", comenta el protagonista, "los domingos por la mañana prefiero no hacer nada. Y a papá le gustaba quedarse durmiendo."


"Pero mamá se impuso. Nada de vagar y de no hacer nada. ¡Hay que aprovechar el domingo para la amistad entre padre e hijo!


Y salieron el domingo y caminaron por afuera de la ciudad.


Al principio trató de hablarme de la naturaleza y los motores, pero el asunto no funcionó muy bien porque yo seguía pensando en mis cosas y él en su cama. Finalmente nos sentamos sobre un gran roble, en un lugar que domina el océano, y cavilamos hasta que fue la hora del almuerzo y pudimos regresar a casa."


Y así hicieron todos los domingos. Digamos que vagaban juntos y contentos. Seguramente, sin imposiciones, sin declaraciones previas, en plena libertad, en más de una ocasión hablaban, charlaban y se comunicaban sin saber que se estaban comunicando.


Creo que esto es importante: cuando uno se comunica, no sabe que se comunica. Simplemente después le queda algo grato en el paladar, cierta sensación de contento interior, y no puede ser que no sepa de dónde proviene...
 

Volviendo a la historia:
El nene se llevaba Lolita para leer bajo el árbol. El papá dormía como un bendito, al costado, y roncaba primorosamente.
"Cuando regresábamos a casa mamá nos miraba con orgullo, nos besaba y nos ofrecía un almuerzo especial en honor de nuestra camaradería."
En fin, no fueron los amigos que mamá quería, pero fueron amigos, en un intercambio de vagancia.


Hay que ser un poco vago...
Hablando de vagancia, defendámosla.
Vacaciones. Es el tiempo vacío. De la misma raíz proviene la voz "vago". Vacío. Vagos. Divago. Pensar. Vaguedad.


Acuéstese en un diván —puede ser en su casa, es gratis— y practique asociaciones de ideas, de reflexiones, que son las flexiones del alma y el fortalecimiento del diafragma de la mente. Usted debería ser un poco vaga, señora. Vaga creadora. Vaciarse de para llenarse de. ¿De qué? De mundo interior, por cierto. De usted misma. De poesía, de fantasía.


Porque usted es interior. Además de lo que muestra a los demás, me refiero al look del correspondiente show que todos hacemos.


Hay que vaciarse, enseña Krishnamurti.


No criemos hijos únicamente eficientes, ganadores, exitosos. La mente vagabunda es tan importante como el cerebro programador. Los vagos pueden llegar a ser grandes creadores. Porque tienen mucho mundo interior, por eso no necesitan tanto del exterior.


Eso no significa que si su hijo es un vago usted se ponga a aplaudir de regocijo. Digámoslo así: todos los creadores requieren ser vagos, vacíos de otras ocupaciones, libres para pensar, para urdir la novedad de su mundo; pero, claro está, no todos los vagos son creadores.


Aristóteles decía que las matemáticas nacieron en Egipto porque ahí había una casta de sacerdotes que disfrutaban del tiempo vacío, es decir que eran vagos (recuerde, "vago" es vacío, con tiempo libre), y de aburridos no más se pusieron a divagar, a pensar, y terminaron inventando las matemáticas.


A usted padre, a usted madre, le toca verificar qué clase de vago o vaga le ha tocado en suerte.


De todos modos, lo que quiero insinuar es que tanto la vagancia extrema como la productividad a ultranza requieren de límites.


Esto es lo que critica Unamuno en sus Soliloquios y conversaciones:
"El trabajo es una cosa muy santa y muy buena, pero... Pero una vez se lamentaba amargamente delante de mí, un padre de lo que sus hijos habían salido. 'Después de mis sacrificios por ellos...', decía. Y sus sacrificios habían consistido en amasar una fortuna desatendiendo a sus propios hijos. Se pasaba en el escritorio horas que debió haber pasado con ellos. Creía que su obligación paterna se cifraba en dejar una fortuna a sus hijos... Y es que muchos censuran a los que no se proponen un fin en la vida, y ellos a su vez tampoco se proponen fin alguno, sino que trabajan por trabajar, por no aburrirse."


El ocio, el ocio creativo, ese vagar que se torna divagar, debe ser estimulado tanto como el trabajo. Los padres dan el ejemplo en todo. Si solamente trabajan, les falta algo. Si solamente holgazanean, seguramente les faltará todo.

 

 

  

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