Perdonar


Robin Casarjian

 

 

Perdonar a la Pareja

Una relación esencial en la que hay un compromiso es como un molino de piedra: o te muele o te pule; cuál de estas dos cosas haga, depende, en último término, de uno mismo. Es útil reflexionar sobre esto a la luz de la sabiduría de Confucio: «Sin fricción no se puede pulir la piedra preciosa; sin adversidades no se puede perfeccionar un hombre».


Ninguna relación adulta promete más fricciones ni ofrece tantas situaciones difíciles como la relación íntima del matrimonio. (Uso la palabra «matrimonio» para referirme a cualquier relación íntima en que haya convivencia y compromiso.)

 

A diferencia de lo que ocurre en muchas otras relaciones, en el matrimonio nos enfrentamos cada día con las necesidades, los deseos y las expectativas de la otra persona.

 

En un matrimonio en el que no hay perdón puede haber muchísimo dolor emocional, porque sin el perdón cada uno de los miembros de la pareja siempre tiende a perderse en su yo pequeño y a vivir separado de su Yo mayor, y por lo tanto, ambos conviven mutuamente alejados.


Nada inspira más amor y comprensión que la actitud y la disposición a perdonar, e independientemente de si esas dos personas continúan juntas para siempre o se separan para ir cada cual por su propio camino, al perdonar se da vida al objetivo principal del perdón en una relación:
establecer un compromiso personal con la verdad y con un respeto y una paz auténticos.

 

Modelos de relaciones: imágenes del amor
Son relativamente escasos los modelos de relaciones íntimas felices, sanas y satisfactorias. Hasta la generación de nuestros abuelos, o la de nuestros padres, sin ir más lejos, el matrimonio no era necesariamente una relación en la que uno entrara con un alto grado de conciencia y capacidad de elección. Muchas personas se casaban porque eso era lo que les tocaba hacer llegadas a cierta edad: casarse, tener hijos y adaptarse a cumplir las funciones y los papeles considerados propios de su sexo. Para muchos era suficiente con mantener intacto el matrimonio. Posiblemente se consideraba que el desarrollo y la realización personal de cada cónyuge y la profundización de la relación en el amor y la intimidad emocional no tenían mucho que ver con la función y el éxito del matrimonio.


Además de los modelos de matrimonio con que crecimos muchos de nosotros, la imagen que tenemos del amor es lamentable. Está atascada en la adolescencia. Las telenovelas, las revistas del corazón, la prensa sensacionalista, las novelas de intriga y pasión y las películas de Hollywood rara vez describen el «verdadero amor» como algo más que conseguir la pareja perfecta y satisfacer el deseo sexual.

 

El perdón nos ofrece la oportunidad de hacernos adultos y de ver más allá de los arquetipos románticos que nos limitan y mediante los cuales finalmente lo único que conseguimos es sentirnos solos y traicionados.

 

El perdón nos ofrece maneras de ser y de relacionarnos que quitan los obstáculos a la presencia del amor, la ternura, la amistad y el compromiso. El perdón enciende la disposición a comprometerse y a trabajar con lo que surja en la relación, porque nos capacita para relacionarnos con una persona, no con un ideal romántico. El perdón es el material de que están hechas las grandes relaciones.


Así describía una clienta su matrimonio y su curación mediante el perdón: «Los primeros diez años de mi matrimonio los pasé intentando que Steven se ajustara a mi imagen de marido. Me pasaba la vida enfadada con él por no corresponder a mis ideales. Los últimos años de matrimonio los he pasado descubriendo quién es en realidad y enamorándome de él otra vez».


Culturalmente, sólo se ha considerado un pequeño aspecto del significado y las posibilidades del matrimonio y el amor que lo consagra. En su libro "Nosotros: Comprensión de la psicología del amor romántico", Robert Johnson dice: «Somos la única sociedad que hace del romance la base del matrimonio, de las relaciones amorosas y del ideal cultural del 'verdadero amor'». Esta imagen romántica del amor lo disfraza con el cumplimiento de todo lo que es posible. Esperamos que el otro sea siempre el príncipe guapo y fuerte o la princesa hermosa y perfecta. Si nos dejamos engañar por esta fantasía, esperamos que continúe para siempre la pasión romántica y se nos acaba la comprensión cuando no dura.

 

Esta imagen estática nos lleva a entrever una cierta transitoriedad en las relaciones, pero inevitablemente hará que nos sintamos enfadados, resentidos y traicionados cuando se acabe la ilusión de que ese amor ideal puede mantenerse. Entonces, sumidos en el dolor, nos alejamos de una pasión más profunda que nos llevaría a encontrar la verdadera intimidad y un amor más maduro y menos neurótico.

 

«Generalmente -dice Johnson-, acusamos a la otra persona de habernos fallado; no se nos ocurre pensar que tal vez somos nosotros quienes necesitamos cambiar nuestras actitudes inconscientes, es decir, las expectativas y exigencias que imponemos en nuestras relaciones y a las demás personas.»

 


Curación del pasado: preparación del escenario para una relación amorosa en el presente.
Mientras no sanemos nuestra relación con nuestros padres y nuestros hermanos, seremos propensos a reactivar en nuestras relaciones al menos algunos de los problemas de nuestra «familia de origen». Los teóricos y terapeutas matrimoniales saben muy bien que los adultos tienden a repetir en sus relaciones íntimas los temas de su primera infancia o de las generaciones anteriores. Por ejemplo, es posible que una mujer cuyo padre la maltrataba físicamente se case con un hombre que la maltrate; o que un hombre cuya madre era muy dominante se case con una mujer mandona. Los adultos que fueron maltratados en su infancia son más propensos a maltratar a sus hijos que aquellos que no lo fueron.

 

Es importante que comprendamos la dinámica familiar y reconozcamos con compasión nuestras heridas para así tener la seguridad de que no vamos a reactivar esas actitudes en nuestra vida adulta. Es probable que no podamos tener relaciones sanas con los demás mientras no sanemos nuestras relaciones familiares.

 

Si estamos resentidos o enfadados, o queda todavía algún otro conflicto pendiente con nuestra familia de origen, es necesario dar prioridad a la curación de esas relaciones. Cuando el trabajo de perdonar a los padres y hermanos se ha completado o es un tema en lo que se está trabajando, esto influirá positivamente en la relación con la pareja (y con todas las demás personas).


En todo matrimonio hay dos niños interiores además de los dos adultos, y es tarea de cada miembro de la pareja amar al niño asustado del otro, para que así ambos puedan sanar y crecer. Muchas veces son las necesidades del niño interior las que se exige satisfacer en una relación: «¡Ocúpate de mí! Haz lo que necesito cuando te lo pido (aunque tengas que dejar de lado tus propias necesidades para hacerlo). Sé la mamá o el papá que nunca tuve». Además de preocuparse del niño interior del otro, cada uno habrá de responsabilizarse de sanar al suyo. Si se desea que la relación prospere y crezca, esta responsabilidad y esta autocuración son necesarias.

 

Cada persona lleva a la relación el amor y los obstáculos al amor que ha aprendido. Las formas de amar se aprenden y se eligen. Algunas personas se han sentido tan alejadas del amor, tan heridas por aquello que se llama «amor» paternal y maternal, que cuando son adultas han de aprender a sentirse dignas de verdadero amor y aprender a ofrecerlo a los demás. Cuando curamos las viejas heridas y aprendemos a amarnos y aceptarnos a nosotros mismos, llevamos de forma natural la luz del amor a nuestras relaciones.

 

 

 


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