Perdonar
Robin Casarjian
Razones para la amabilidad
Tal vez te sorprendas expresando juicios acerca de la rapidez o la coherencia
con que eres capaz de integrar en tu vida la práctica del perdón. Quizá
sientas que sencillamente eres incapaz de perdonar.
A medida que vayas trabajando con el perdón y haciendo los ejercicios de este
libro, es importantísimo que tomes nota de tus pensamientos y reacciones «sin»
juzgarlos. Si aparecen el temor, la autocrítica o las dudas, sé amable
contigo. Estos sentimientos son una parte natural del proceso de curación. En
realidad, ser amable con uno mismo es, de por sí, un gran acto de perdón para
con uno mismo. Al margen de los pensamientos o sentimientos que surjan, afirma
tu compromiso de tratarte con amabilidad.
Tal vez no sepas muy bien qué significa «ser amable con uno mismo». Pero proponte hacerlo de todas maneras. Pon algún recordatorio sencillo («Sé amable contigo mismo») en algún lugar de la casa, en la puerta de la nevera, por ejemplo, o en el coche, en cualquier sitio donde lo puedas ver a menudo. Cuando lo veas, reflexiona sobre lo que dice durante unos momentos. Tal vez tengas miedo de ser amable contigo porque piensas que eso va a reforzar algún «mal hábito», o un mal pensamiento. Ser amable con uno mismo no significa que no haya que poner esfuerzo y voluntad, ni que se justifiquen pensamientos o comportamientos que se consideran impropios, sino que se puede aprender sin necesidad de azotarse. La dureza con uno mismo alimenta un ciclo contraproducente que quita poder y favorece el sentimiento de culpabilidad y la falta de respeto por uno mismo. Lo creas o no, siempre, en todo momento, has hecho lo mejor que podías hacer dado el grado de amor o temor que sentías.
El Perdón: Puerta hacia la Paz mental
Hay muchos modos de definir el perdón, porque el perdón es muchas cosas. Es
una decisión, una actitud, un proceso y una forma de vida. Es algo que
ofrecemos a otras personas y algo que aceptamos para nosotros.
El perdón es una decisión, la de ver más allá
de los límites de la personalidad de otra persona, de sus miedos,
idiosincrasias, neurosis y errores, la decisión de ver una esencia pura, no
condicionada por historias personales, que tiene una capacidad ilimitada y
siempre es digna de respeto y amor. El perdón
es la elección de «ver la luz de la lámpara y no la pantalla», escribió el
doctor Gerald Jampolsky, autor de muchos libros sobre el perdón. En realidad,
cuando perdonamos, es posible que veamos la pantalla (identidades basadas o
condicionadas por el miedo), pero la vemos en el contexto de la luz que
ilumina el núcleo interior de cada uno de nosotros.
El perdón requiere que reconozcamos que si una persona actúa como un «pelmazo» o sin sensibilidad, hay constricción y miedo, implícitos en su comportamiento y sus actitudes. Aun cuando esto no resulte evidente para el ojo implacable, bajo esa conducta y esas actitudes hay una petición de respeto, reconocimiento y amor. Al principio se precisa bastante penetración para ver esa dinámica, porque estamos condicionados a considerar equivocada o estúpida a la otra persona, en lugar de verla como alguien que se siente constreñido y asustado. Sally, una de mis clientas, vivía de esa manera su relación con su padre. Durante su infancia y su adolescencia, él fue muy crítico y exigente con ella. Furiosa con él porque no le daba el amor que ella deseaba, le achacaba a él la responsabilidad de todos sus problemas. Convencida de que su padre nunca cambiaría, se conformó con seguir enfadada con él y mantenerse distanciada. Cuando aprendió cosas sobre el perdón, comprendió que la actitud crítica de su padre era consecuencia de sus inseguridades y del hecho de que sus propios padres siempre habían sido emocionalmente inasequibles para él. Comenzó a sentir compasión por él y a abandonar la costumbre de sentirse dolida por sus críticas y de enfadarse por sus actitudes agresivas e hirientes. Notó su dolor, y con constancia cada vez mayor, logró ver más allá de su comportamiento y le ofreció cariño y aceptación. Poco a poco él se fue suavizando con ella. Por primera vez en su vida, Sally sintió una conexión amorosa con su padre, quitándose de encima una carga que siempre había arrastrado.
El perdón es una actitud que supone estar dispuesto a aceptar la
responsabilidad de las propias percepciones, comprendiendo que son opciones,
no hechos objetivos. El perdón es una actitud que elige mirar a una persona
que tal vez uno ha juzgado automáticamente y advertir que en realidad es algo
más que la persona «espantosa» o insensible que vemos. Si alguien nos reprende
o nos falta al respeto, la reacción condicionada podría ser sentirse herido,
amenazado y furioso: «¿Cómo ha podido decirme eso?» o «¿Cómo se atreve a
tratarme así?». Son reacciones naturales. Como comprobó Sally, hay respuestas
alternativas que nos pueden proporcionar la claridad y conocimiento necesarios
para evitar que las reacciones basadas en la ignorancia o el temor de otras
personas nos provoquen rabia o una actitud defensiva.
Una consecuencia del hecho de comprender que las percepciones son una opción es que al cambiar las percepciones también cambian las reacciones emotivas. En lugar del hombre furioso que has visto que te atacaba hace cinco minutos, puedes ver ahora al niño pequeño frustrado y asustado. Con mucha frecuencia es el niño interior herido o asustado de la otra persona el responsable de su falta de delicadeza o de criterio maduro. Si en nuestra infancia se nos negó el amor, la comprensión y el consuelo que necesitábamos, cuando somos adultos vive en nosotros este niño interior herido. El niño herido continúa siendo una fuerza impulsora en la psique del adulto hasta que se lo reconoce y se lo sana. El perdón nos capacita para percibir, bajo ese comportamiento insensible, a este niño herido, los condicionamientos pasados y el grito pidiendo auxilio, amor y respeto.
El perdón es un proceso que nos exige cambiar nuestras percepciones una y otra
vez. No es algo que suceda de una vez por todas. Nuestra visión habitual está
obnubilada por los juicios y percepciones del pasado proyectados al presente.
En esto las apariencias nos engañan con facilidad. Cuando elegimos cambiar
nuestra perspectiva por una visión más profunda, más amplia y abarcadora,
podemos reconocer y afirmar la mayor verdad de quiénes somos y quiénes son los
demás. Como resultado de este cambio, de un modo natural surge una mayor
comprensión y compasión por nosotros mismos y por los demás. Cada vez que
hacemos este cambio, debilitamos el monopolio del ego sobre nuestras
percepciones y nos capacitamos para dejar marchar, liberar y olvidar el
pasado. El perdón suele experimentarse como un sentimiento de dicha, paz,
amor y apertura del corazón, alivio, expansión, confianza, libertad, alegría y
una sensación de estar haciendo lo correcto.
El perdón es una forma de vida que nos convierte gradualmente de
víctimas de nuestras circunstancias en poderosos y amorosos cocreadores de
nuestra realidad. En cuanto forma de vida, supone el compromiso de
experimentar cada momento libre de percepciones pasadas, de ver cada instante
como algo nuevo, con claridad y sin temor. Es la desaparición de las
percepciones que obstaculizaban nuestra capacidad de amar. Hay muchas personas
que cuando piensan en el perdón creen que es algo que ha de hacerse de
situación en situación, de rabia en rabia, por así decirlo. Si bien en último
término es esencial perdonar en cada momento determinado si deseamos ser
libres, sanar y ser capaces de avanzar, en su sentido más amplio es una manera
de relacionarnos que está siempre presente, clara, compasiva y comprensiva.
El perdón nos enseña que podemos estar resueltamente en desacuerdo con alguien
sin retirarle nuestro cariño. Nos lleva más allá de los temores y
mecanismos de supervivencia propios de nuestro condicionamiento, hacia una
visión valiente de verdad que nos ofrece un nuevo campo de elección y libertad
en donde podemos descansar de nuestras luchas. Nos guía hacia donde la paz no
es una desconocida. Nos da la posibilidad de saber cuál es nuestra verdadera
fuerza.
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