Muerte e inmortalidad
El Tao de la Salud, el Sexo y la Larga Vida
Daniel Reid
A fin de comprender plenamente la naturaleza de la vida, la naturaleza de la condición humana y el significado de la «inmortalidad», antes hemos de entender la naturaleza de la muerte, porque la muerte es la única certidumbre de la vida. La mayoría de la gente aborrece y teme la muerte y, por consiguiente, pasa por el mundo como si la muerte no existiera y la vida fuese a durar para siempre. Los taoístas y los budistas destrozan esta generalizada ilusión, pues ven la vida como un sueño y la muerte como un despertar.
En ‘Taoismo: Camino a la Inmortalidad’ John Blofeld describe los Espíritus Inmortales de la siguiente forma: "Un inmortal es alguien que tras desplegar al máximo todas las posibilidades de su cuerpo y su mente, tras desechar las pasiones y erradicar hasta los más sencillos e inofensivos deseos, ha alcanzado una existencia libre y espontánea; es un ser tan próximo a la perfección que su cuerpo no es más que una cáscara o receptáculo del puro espíritu. La muerte, cuando venga, sólo será para él como desprenderse de un vestido gastado. Ha ganado la vida eterna y está preparado para zambullirse de nuevo en el ilimitado océano del puro ser."
En términos generales, los taoístas y los budistas están de acuerdo en que la muerte de los seres humanos se produce en cuatro fases concretas, tanto para los adeptos como para las personas corrientes. La diferencia crucial entre ambos es la forma en que reacciona su espíritu ante el proceso de morir. En primer lugar, el moribundo pierde todo contacto sensorial con el mundo físico y se hunde en una bruma lechosa que absorbe por completo su conciencia. A continuación se presenta un resplandor rojizo que también llena completamente la conciencia del moribundo. En la tercera fase, todo se vuelve del más intenso negro, más oscuro que la noche, una negrura tan profunda y absoluta que hasta los adeptos avanzados pierden momentáneamente la conciencia. En este punto, el alma corriente se anula totalmente y cree que todo ha terminado. Pero aún viene una cuarta fase que los tibetanos denominan «la clara luz de la muerte», una luz cegadora que ilumina la absoluta negrura de la tercera fase en un destello tan repentino e intenso como el de un flash. Éste es el instante crucial en que el Espíritu Inmortal se distingue de la persona ordinaria.
El espíritu de la persona ordinaria se atemoriza y retrocede despavorido ante esta luz, pues nunca ha experimentado un poder tan abrumador, imponente y penetrante. Los adeptos que ya la han experimentado en la meditación, antes de morir, describen esta luz como más brillante que un centenar de soles, más transparente que el más transparente cristal, inconcebiblemente vibrante y luminosa. Mal preparado para la muerte, y asustado luego por esta repentina explosión de penetrante luminosidad, el espíritu ordinario le vuelve la espalda y se sume en la inconsciencia durante unos cuantos días, transcurridos los cuales vuelve a despertar y se encuentra vagando de nuevo por la Tierra, buscando los lugares que conoce, creyendo que aún está vivo. Regresa a su hogar, donde descubre que sus parientes y amigos hacen caso omiso de él, pues no se dan cuenta de que el espíritu del difunto está tratando de comunicarse con ellos desde «el otro lado». Tras ver repetidamente frustrados todos sus intentos de comunicarse con los vivos, el espíritu
del difunto acaba por comprender que ha muerto, y esto le produce tal conmoción que una vez más se hunde en la negrura de la inconsciencia.
Los budistas calculan que el lapso entre la muerte y el renacimiento dura unos 49 días, aunque puede oscilar entre unos pocos días y muchos años según el nivel de desarrollo espiritual u otras circunstancias en el momento de la muerte. Durante este tiempo, el espíritu va perdiendo poco a poco los recuerdos personales de su reciente estancia en la Tierra y aproximándose a su nueva encarnación como ser humano, animal, fantasma, demonio, dios o lo que exija su conducta en vidas anteriores.
Los budistas tibetanos llaman «bardo» a esta especie de limbo entre vida y vida, y el proceso que determina el siguiente renacimiento es el «karma». Esta rueda de reencarnaciones gira sin cesar, «reciclando» una y otra vez las semillas espirituales de los fallecidos, hasta que el espíritu individual aprovecha por fin la oportunidad de una vida humana para cultivar la plena realización espiritual y buscar de una vez por todas su libertad en la eternidad del Vacío cósmico, para no renacer ya más en el mundo material.
Los Espíritus Inmortales, por su parte, no retroceden atemorizados ante la clara luz de la muerte, pues ya la han experimentado muchas veces durante sus meditaciones. Así pues, aprovechan este precioso instante para desafiar a la muerte con un salto que transfiere su conciencia desde la carne moribunda al cuerpo-espíritu adamantino que tan cuidadosamente han cultivado para esta ocasión. Entonces el cuerpo-espíritu abandona el cuerpo a través de la coronilla y se lleva consigo la conciencia del adepto en alas de su propia energía, que, debido a la práctica de toda una vida, no se dispersa ni se disipa ante la muerte sino que entra en el cuerpo-espíritu junto con la conciencia. Lo más importante aquí es la reacción del espíritu ante la clara luz de la muerte. Esta luz es como un potente imán: el miedo repele a uno de ella, mientras que la familiaridad lo atrae. Y es la propia luz la que proporciona el último impulso de energía que el adepto necesita para separar el espíritu de la carne dejando a salvo la conciencia. Esta oportunidad sólo se presenta una vez en la vida, en la última fase del proceso de morir. No hay una «segunda oportunidad» y precisamente por eso los adeptos shen hsien (espíritus inmortales) se preparan para este momento con tanta diligencia. De hecho, incluso el estado de «inmortalidad» espiritual al que aspiran los shen hsien queda limitado a unos cientos de miles o, como mucho, unos millones de años. Durante este tiempo, el espíritu del adepto sigue cultivándose para la reunión definitiva con la Fuente Suprema de toda la creación, el propio Tao. Éste es realmente el último paso, el final de la línea. El espíritu se funde completamente con la vibrante vacuidad del cosmos y, al hacerlo, la conciencia se expande como una nube de vapor hasta abarcar todo el Universo.
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