Perdonar


Robin Casarjian

 

 

Perdonar a los Hijos

Cuando no se han tenido hijos o no se ha pasado mucho tiempo con niños, puede parecer algo absurdo que haya necesidad de perdonarlos. Al mirar a los niños pequeños, se puede observar tal vez que su comportamiento es completamente inocente y desinhibido y, por lo tanto, exento de culpa.


Pero cuando se es padre o madre, se conocen la intensidad emocional y los enormes desafíos y frustraciones inherentes a la crianza de los hijos. Por naturaleza, los niños pequeños están centrados en sí mismos; suelen ser desordenados, bulliciosos y exigentes. No son dados a interesarse por las necesidades de sus padres, y tampoco tienen por qué, pero la paciencia de los padres puede acabarse, sobre todo cuando se está cansado, agotado o inquieto por otras preocupaciones.


Aun en el caso de un padre o una madre muy consciente y que sabe perdonar, habrá ciertamente ocasiones en que se enfadará con su hijo. Esto ocurre sobre todo con los niños que son muy dependientes, apegados y necesitados, o bien con los que son muy independientes y rebeldes. A veces puede ser muy útil enfadarse con un hijo; sirve para descargar la ansiedad y para enseñar al niño las consecuencias de su comportamiento. Si una niña de seis años se va al otro extremo de la playa cuando se ha llegado a un acuerdo y se le ha advertido que se mantenga cerca, el enfado le expresará de un modo claro y apropiado el riesgo de desobedecer las normas. En estos casos, enfadarse no es necesariamente negativo.


Sin embargo, si se repiten los enfados por cosas de poca importancia, o uno se sorprende criticando o retando constantemente a un hijo, es necesario examinarse con atención para descubrir cuál es la fuente de esos sentimientos. Pasarse la vida enfadándose y culpar al niño del enfado le transmite a éste el mensaje de que su conducta es inaceptable y él es una mala persona. En su libro “Cuando duele la rabia: Cómo calmar la tormenta interior”, Matthew McKay, Peter Rogers y Judith McKay observan: «El comportamiento de los niños tiene sólo una motivación: satisfacer sus necesidades básicas. Sus objetivos primordiales son ser alimentados y sentirse seguros en su hogar, sentirse importantes para alguien. [...] culparlos no les sirve para comportarse de un modo más apropiado. Simplemente les pone la etiqueta de "malos" por intentar cuidar de sí mismos de la mejor manera que saben».


Los límites claros y la disciplina son necesarios en el aprendizaje de los niños. Cierta disciplina exterior es un requisito previo para la disciplina interior. De manera cariñosa y positiva, se pueden establecer límites claros y comprensibles para los niños. El comportamiento de los padres no tan sólo establece los límites en una situación concreta, sino que crea un modelo de comportamiento para el niño, que observará cómo se puede tratar el conflicto y la tensión de manera franca, justa y sin castigos. En este caso, el perdón es la disposición a considerar la actuación disonante y/o la actitud cerrada del niño como una expresión de su temor y por lo tanto como una petición de amor y reconocimiento. El mensaje es claro: no es que el niño sea malo, sino que su comportamiento es inaceptable o inapropiado.


El perdón nos recuerda mantener el corazón abierto mientras se establecen los límites o se toma alguna medida concreta. Cuando se perdona, la disciplina se imparte teniendo presente el Yo del niño y relacionándose con él, comunicándose con esa parte suya que es sabia y conoce y comprende que el comportamiento arriesgado o inapropiado tiene ciertas consecuencias (aun cuando tal vez se tenga la impresión de que en esos momentos el niño está a años luz de ese grado de conciencia).


La otra cara de la rabia es la experiencia de la culpa. Aunque uno no se enfade demasiado, el sentimiento de culpabilidad suele entrar en el terreno de la paternidad y la maternidad: “Debería haber tenido más paciencia”, “Debería haberles dedicado más tiempo”, “Podría haber hecho eso de otra manera”. “Me siento culpable de...” Con frecuencia, a esta carga de culpa y autocrítica se suma el estrés causado por los deberes de ser padres y los quehaceres de la casa cuando los dos trabajan. Seamos amables con nosotros mismos. Si hemos hecho cosas por las cuales nos criticamos, recordemos que la próxima vez podemos actuar de manera distinta. La disposición a ser amables con nosotros mismos y a perdonarnos nos resultará muy útil para ser cada vez más el progenitor que deseamos ser.


Habrá muchas veces en que la experiencia de ser padres nos resulte agradable y fácil. Pero también habrá otras en que nos parecerá que el comportamiento afectuoso es muy difícil y nos exige una enorme claridad y energía interior. Si en estos momentos sientes temor, tienes dificultades en algunos aspectos de la paternidad  y te parece que te vendría bien algún apoyo adicional, tal vez te sería útil buscar asesoramiento. Hay métodos muy buenos. En muchas comunidades hay grupos de apoyo para padres. Existen numerosos libros y seminarios que enseñan cómo comunicarse de un modo efectivo y cómo mantener relaciones sanas y afectuosas.


A medida que nuestra cultura va tomando más conciencia, es cada vez mayor el número de personas que, habiendo tenido una infancia difícil, asumen el decidido compromiso de ser padres conscientes, aprovechando el proceso para cuidarse como no lo hicieron sus propios padres. El proceso de perdonar a un hijo nos libera simultáneamente de nuestro sentimiento de culpabilidad. Al considerar a nuestro hijo libre de culpa, sanamos también a nuestro niño interior.


Como ocurre en otras relaciones íntimas, es posible que en la relación con nuestros hijos surjan asuntos inconclusos de nuestra niñez. La persona que tuvo una infancia difícil, a no ser que tenga la intención consciente de ser amorosa en su papel de progenitor, es propensa a repetir en la relación con sus hijos las dinámicas que se dieron en la relación con sus padres. Aunque tengas la intención de ser muy consciente, es posible que te sorprendas repitiendo con tu hijo comportamientos negativos de tus padres. Sé amable contigo y busca apoyo si no te es posible curar ese hábito sin ayuda.


Los asuntos inconclusos de tus relaciones adultas también pueden influir mucho en tu capacidad de tener una relación afectuosa y abierta con tus hijos. Tal vez necesites perdonar a uno de tus hijos por parecerse a tu ex cónyuge, o por parecerse a ti. Muchos padres se enfurecen con sus hijos cuando éstos repiten sus propias palabras y conductas.

 


Perdón y autoestima: enseñarlos a los hijos.
Otro aspecto del perdón se expresa en la disposición a ver y reconocer el Yo esencial del hijo, incluso cuando las circunstancias son pacíficas. Pau Casals lo resume muy bien: ¿Cuándo les van a enseñar en la escuela a nuestros hijos lo que son? Deberíamos decirle a cada uno: «¿Sabes lo que eres? Eres una maravilla. Eres único. En todo el mundo no hay ningún otro niño exactamente igual que tú. Durante los millones de años que han pasado, jamás ha habido otro niño como tú. Mira tu cuerpo, ¡qué maravilla! ¡Tus piernas, tus brazos, tus hábiles dedos, la forma en que te mueves! Puedes ser un Shakespeare, un Miguel Ángel, un Beethoven. Tienes capacidad para todo. Sí, eres una maravilla».


En casa, en la escuela, en toda nuestra cultura, es necesario que ayudemos a nuestros hijos a saber quiénes son. Todas las personas que tienen influencia en los niños (los padres, el personal de guarderías, los maestros y profesores, los entrenadores, los administradores, los médicos, las enfermeras) han de tomar plena conciencia de esta responsabilidad imperiosa y trascendental. Hemos de examinar nuestros conceptos y reeducarnos. El filósofo y poeta Tagore dijo una vez: «Todo recién nacido trae el mensaje de que Dios no ha perdido la confianza en el ser humano». Sin embargo, al no enseñar a cada niño que es una maravilla, traicionamos esa confianza.


El perdón nos ofrece el modo de hacer honor a esa confianza. Nos proporciona la manera de reconocer la verdad de la naturaleza de todos y cada uno de los niños. Con demasiada frecuencia se ha considerado y tratado a los niños como a «seres inferiores», para controlarlos. A consecuencia de eso, dice la psicoanalista junguiana Marion Woodman, tenemos «una idea preconcebida de lo que debe ser un niño y lo obligamos a encajar en ese molde». Este error de concepto infunde en el niño una profunda sensación de carencia o deficiencia interior. De esta manera nuestros hijos se ven privados de la relación esencial de respeto y confianza necesaria para que se quieran a sí mismos y se vean de una forma positiva.

 

 

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