Los
Hijos y los límites
Jaime Barylko
¿Qué hago? El nene no me deja hablar
Una
señora le pregunta a A.S. Neill: "Mi hijo de ocho años
interrumpe constantemente mis conversaciones con mi esposo. No queremos
acorralarlo y ahogar su personalidad. ¿Qué podemos hacer al respecto?"
Ante todo responde: "Es difícil contestar cuando no sé qué clase de padres son ustedes. Lo más probable es que hayan dado a su hijo más licencia que libertad, y que ahora estén cosechando tempestades... Lo que digo en general a los padres es lo siguiente: No permitan que su hijo los domine, si ustedes no lo dominan a él. No dejen que los interrumpa, si ustedes no lo interrumpen a él... Los padres deben decir 'no' cuando el 'no' es necesario. No deben permitir que su hijo los intimide."
Por eso escribí el libro El miedo a los hijos. Los hijos intimidan a los padres, o los padres actúan como intimidados. Tienen miedo de expresarse libremente. Eso no es darles libertad ni otorgarles respeto. Es engañarlos, mentirles. Y los hijos olfatean y aprovechan ese miedo para dominar más.
La libertad —dice A. S. Neill— debe ser válida para ambas partes. El niño debe gozar de libertad para hablar sin que lo interrumpan, y el padre debe gozar de libertad para hablar sin que lo interrumpan. Regla de oro. Tan sólo hay que atreverse a aplicarla. No es fácil. Se dice fácilmente, pero no es fácil manejarse con ella en la realidad. Porque implica una ética de responsabilidad recíproca, y de límites para una y para otra parte.
Sólo padres con límites podrán transmitir el mensaje de los límites a sus hijos. Los límites no tienen temas ni sectores. Toda la vida los requiere como normas de conducta y de pensamiento.
La explosión momentánea no es libertad. Decir lo que quieras, cuando quieras, donde quieras y sobre todo como quieras, en el lenguaje que quieras, no es libertad, es explosión, repito, y puede valerte como liberación momentánea.
El tema de la responsabilidad es: —¿Te sirve? ¿Le sirve a otro? ¿Es bueno para alguien?
El televisor en el comedor
Uno dice: —¿Viste cómo son los chicos de hoy? Los chicos de hoy, como los de ayer y los de mañana, no son. Alguien los hace, en algún lado se crían, de alguna atmósfera se nutren. Y no es de ellos la atmósfera, es de los otros, de los que los procrearon y los siguen procreando de una u otra manera.
El inventor de la televisión, el fabricante de los televisores, no obliga a nadie a tener el televisor encima de las cabezas de los que están sentados juntos en el almuerzo o en la cena. Eso lo hacemos nosotros. Eso le hacemos a nuestros chicos.
Ni siquiera cuando estamos juntos estamos juntos. En los restaurantes, en los cafés, adonde vamos solos, en pareja o con amigos, tienen miedo de que nos volvamos psicóticos si por un instante dejan de bombardearnos con ruido, con imágenes; entonces nos meten televisores, aparatos, músicas, gritos, noticiarios. El presupuesto parece ser:
a) El grupo o la pareja, donde estén y aunque conversen, se aburren;
b) Debemos salvarles la vida. Que nadie escuche a nadie, así si luego dicen que lo que priva es la incomunicación, sepan a qué se debe;
c) Ergo, démosles ruido, mucho ruido, imágenes, pasatiempos, para que no se sientan tan solos cuando están juntos.
Si tuviera dinero invertiría en un bar o café o restaurante donde cada uno de los clientes les fuera dado en préstamo un walkman, un teléfono celular y un minitelevisor para que no se aburra, y para que, al mismo tiempo, cada uno maneje con libertad su propio ruido, su propio aturdimiento.
A los niños, como a los adultos, los hacen los otros, y en particular los otros anónimos: las radios, la publicidad, los programas que se llaman así porque te programan la vida.
No luchemos contra ellos, pero intentemos guardar márgenes de liberación, de autonomía.
Para hablar más claramente: en el café el dueño del café determina qué luz, qué aire, qué música debo yo respirar. Pero en nuestra casa los dueños somos nosotros. En consecuencia, nadie me obliga a tener el televisor en el comedor. Y si tus hijos te dicen que todos los hijos del barrio y del universo disfrutan comiendo con televisión, puedes decirles: —Todos, menos nosotros...
Aquí simplemente me doy el gusto de enojarme y de gritar al universo: —¡Quiten el televisor del comedor! Úsenlo en la alcoba, si quieren, si se aburren. En el comedor, no.
—¡Detengan en algún punto la marcha del embotamiento! Comer puede o no ser un placer. ¡Estar juntos es lo único humano que nos queda! ¡Si estamos juntos y sin televisor mediante, en una de ésas hablamos! Y si en una de ésas se habla, en una de ésas nos comunicamos. Y si en una de ésas nos comunicamos, en una de ésas ¡nos sentimos mejor!
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