Sobre el Amor sano y adulto por uno mismo
María Guadalupe Buttera
Cuando somos niños, el miedo al abandono nos obliga muchas veces a ser lo que no somos para agradar a otros y evitar ser rechazados. Y así, a cambio de este sacrificio, nos garantizamos el cuidado, amor y valoración de nuestro entorno.
Hoy, ya adultos, podemos revisar y ver si estas creencias operan aún dentro nuestro, obstaculizando el vínculo con nosotros mismos. Podemos permitirnos aprender a relacionarnos desde nuestro propio “ser esencial”.
Y … ¿cómo?. Escuchando nuestra voz interior, prestando más atención a nuestros deseos profundos, conociendo qué es lo que queremos, y no sólo qué es lo que debemos hacer para ser aceptados, queridos o aplaudidos por los demás.
Muchas veces, este aspecto del amor por uno mismo suele confundirse con egoísmo. Pero la salud integral (y casi diría la felicidad), no puede sostenerse sin un verdadero compromiso afectivo con uno mismo.
El aspecto negativo se da cuando la actitud no es la de “hacer aquello que más me agrada”, sino cuando lo único que importa es lo mío y lo que a mí me conviene, cuando pretendo que los otros hagan solamente lo que a mí me gusta. En otras palabras, no es querer hacer lo que yo elijo porque me hace bien, sino querer que vos hagas siempre lo que quiero yo. Estas actitudes insanas, por cierto, no manifiestan una persona que se ame a sí misma, dado que el amor por los demás y el amor por uno mismo tienen la misma raíz. Son actitudes antisociales que nada tiene que ver con desarrollar un saludable amor por uno mismo.
Si aún no hemos aprendido a desarrollar un sano y adulto amor a uno mismo, podemos animarnos y comenzar de a poco: a estar donde decidimos estar, pensar lo que pensamos, elegir decirlo o callarlo, sentir como sentimos. Y, claro está, haciéndonos responsables de las consecuencias de aquello que elegimos.
Estas actitudes positivas nos transforman en adultos más sanos porque simplificando al máximo la definición, la neurosis no es más que el resultado de la gran contradicción entre lo que quisiéramos hacer naturalmente y lo que debemos hacer porque así nos enseñaron que es lo correcto, lo que corresponde.
Y este “estar bien con uno mismo” se traduce luego en una apertura y entrega a otros, en un descubrimiento del placer de ayudar, la satisfacción de ser solidario y la necesidad de expandir ese amor más y más lejos. Porque es desde allí desde donde me puedo conectar con el otro, con su sufrimiento o dolor, y él me dará la posibilidad de ayudarlo.
Y es bueno conocer qué es lo que me mueve a ayudar a otros, porque puedo hacerlo porque así me lo enseñaron, o porque me siento culpable de tener lo que otros no tienen, o por miedo a ser castigado por Dios si no lo hago (¡¡¡vaya mentira!!!), o porque creo que cuando doy me vuelve multiplicado …
Pero la mayor razón, aquella que mueve a un adulto sano a ayudar a otros es que ha descubierto el propio placer de dar, y no quiere privarse de hacer lo que le hace bien a él y a otros.
“Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio”. Khalil Gibran.
A partir de desarrollar nuestra propia capacidad de amarnos sanamente a nosotros mismos, es como vamos encontrando más espacios y más formas de amar al otro.
El vacío de la mente
Hortensia Galvis
En su primera etapa evolutiva un individuo vive los acontecimientos exteriores como lo real, y estos sucesos le mueven a reacciones internas, que en ese ser son en su mayoría inconscientes. A medida que comienza a despertar la conciencia, empieza a enfocarse simultáneamente en aquello que sucede y en aquello que siente. Pero ese sentir depende de la interpretación de la realidad que hace su mente, de acuerdo a las creencias con las que fue programada. Por ejemplo, se juzga como bueno y favorable ser rico y famoso, a pesar de que todos los días vemos que la mayoría de los más ricos y famosos llevan una vida miserable y solitaria, con la tendencia a ahogar el hastío y la tristeza en las drogas, el alcohol y la promiscuidad sexual.
Después de permanecer mucho tiempo enredado, entre las interpretaciones que hace la mente de los sucesos exteriores y las reacciones emocionales que surgen como respuestas, este individuo llega tarde o temprano a un punto crítico en su vida, cuando se ve rodeado de hechos cada vez más amenazantes que no logra cambiar; sin embargo, internamente quiere tener la capacidad de afrontarlos con serenidad y paz interior. Ese momento es clave, porque es entonces cuando ese ser busca la ayuda de la meditación.
Entonces comienza la etapa superior del desarrollo de la conciencia. Con la meditación diaria como herramienta, se adquiere una cualidad distinta para enfocar la vida y cierta habilidad para sortear dificultades sin involucrarse con ellas. Ocurren cambios en el sistema nervioso que hacen al ser humano menos vulnerable a la ansiedad, y más abierto para escuchar la sabiduría interna de su propio cuerpo.
Cuando meditamos damos a nuestro cerebro la posibilidad de experimentarse a sí mismo. Observamos primero el flujo del pensamiento, que va encadenando ideas en una forma prodigiosa. Pero, en la medida en que nos enfocamos en seguir conscientemente la respiración, o un mantram, ese inacabable monólogo de la mente se va calmando, y comienzan a ocurrir espacios de silencio, de vacío, donde la mente ya no interviene.
Se requiere del entrenamiento diario para que la mente aprenda a calmarse y dejen de llegar pensamientos involuntarios. Esto parece una tarea fácil, pero no lo es. La turbulencia de los pensamientos incontrolados, que produce la mente, es como la estática que interfiere en las comunicaciones de radio o televisión. Puede bloquearnos totalmente para escuchar una transmisión. Sólo cuando logremos establecer un grado aceptable de silencio interior, estaremos listos para alcanzar el siguiente nivel.
El paso siguiente es la experiencia del vacío. Allí surgirán dos dificultades que tendremos que superar. El rechazo por parte de la razón y de la mente lógica, que no comprende nuestra búsqueda y la frustración ocasional por no poder aquietar la mente. Pueden pasar meses, tal vez años de fidelidad a la disciplina de escuchar el silencio. Luego, el día menos pensado, el espíritu universal comenzará a manifestarse y le oiremos claramente. Entonces podremos decir que, sin haber pagado ni un centavo, estaremos conectados al internet cósmico, que no necesita ni de fibra óptica, ni de modem. Porque, en la misma forma en que las células de nuestro cuerpo tienen comunicación con el cerebro, nuestra biología tiene incorporada la conexión con el Espíritu-que-Gobierna-el-Universo. Sólo que esa voz sublime habla muy bajo, y para escucharla necesitamos detener el flujo automático de los pensamientos.
Conectarnos a la red de sabiduría cósmica es el paso evolutivo que debe dar el hombre ahora. Pero ese contacto no puede hacerlo a través de religión alguna, ni de plegarias, ni de rezos. Solo en el silencio de su propio ser, en el templo de su propio cuerpo, podrá un individuo desarrollar la afinación correcta, que le permita canalizar información desde el espíritu. El día en que lo logre, dejará de percibirse como una ola solitaria perdida en la inmensidad del mar, para sentirse integrada como parte del océano.
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